Con
aplauso de la crítica acaba de publicarse por Random House, de Nueva
York, el libro Explaining Hitler.
The Search for the Origins of His Evil. Es el resultado de una
investigación de diez años que llevó a su autor, Ron Rosenbaum, a
entrevistarse con historiadores, biógrafos, sicólogos y especialistas
en la figura de Hitler. En el título debe entenderse el verbo
“explicar” no con su posible significado, tanto en inglés como en
español, de justificar algo, sino, simplemente, el de descubrir los
motivos de una conducta; de ahí la aclaración del subtítulo que sigue
a “Explicando a Hitler”: “Búsqueda del origen de su maldad”.
El
verbo “explicar” viene del latín explanare,
formado por la partícula ex,
que indica la intensidad de una acción (como en “exclamar”, clamar o pedir con vehemencia), y el derivado de plane,
que quiere decir clara, entera y abiertamente (como en “cantar de
plano”, responder a todo lo que se pregunta). Así anuncia el título
una presentación completa, franca y explícita de Hitler. Por ese valor
del verbo, en castellano antiguo, más cerca de su raíz latina, se
prefería explanar en vez de explicar,
y con esa forma se lee en el prólogo” de La
Celestina (1499), cuando su autor se sorprende ante el extraño
comportamiento de los hombres: “¿Quién explanará
sus guerras, sus enemistades, sus envidias, sus aceleramientos y
movimientos y descontentamientos? ¿[Quién explanará]
aquel mudar de trajes, aquel derribar y renovar edificios y otros muchos
afectos diversos y variedades que de esta nuestra flaca humanidad nos
provienen?” Se pretende asimismo en este libro, publicado seis siglos
después de La Celestina, explanar a Hitler, “sus guerras, sus enemistades, sus envidias,
sus aceleramientos y movimientos y descontentamientos; [su] mudar de
trajes [su] derribar y renovar edificios y [sus] otros muchos afectos
diversos...”
Explaining
Hitler hace pensar en la
posibilidad de un libro semejante sobre Fidel Castro: “Explaining
Castro. The Search for the Origins of His Evil”. Tienen obras como
esta de Rosenbaum la virtud de alertar sobre el peligro de los falsos
profetas, al descubrirles la casta, al poner en evidencia su manejo
enfermizo de la realidad, y el riesgo que corren los pueblos ante las
medias verdades manejadas por la neurosis y el rencor.
¿Qué
hizo a Hitler Hitler?
El
propósito de Rosenbaum es descubrir qué impulsaba a Hitler en sus
criminales empresas y, de manera más precisa, buscar las fuentes de su
obsesivo antisemitismo. No hay en Explaining
Hitler nuevas teorías sobre el asunto: o surge por el médico judío
que no supo salvar a su madre enferma; o porque un profesor judío le
robó la mujer que él amaba, su sobrina Geli Raubal, poco después
muerta misteriosamente; o porque una prostituta judía lo enfermó de sífilis;
o porque su padre era un hijo bastardo del barón de Rothschild. Alguno
de esos acontecimientos, o la suma de ellos, puede explicar su
“judeofobia”, o actuaron como catalizador para desarrollarla, ya que
el antisemitismo se encontraba en “el carácter de la nación
alemana”, como quiso demostrar Daniel J. Goldhagen en su notable
estudio sobre los Hitler’s
Willing Executioners (1996); algo habría así de oportunismo en su
fobia.
Al
referirse al arrastre de Hitler en la muchedumbre, Rosenbaum cita el
juicio de Isaiah Berlin, en Against
the Current: Essays in the History of Ideas (1982), donde afirma que
“la peculiar sicología de los fanáticos con gran carisma puede
deberse a su nacimiento marginal... El síndrome de la marginalidad ha
dado un número desproporcionado de hombres de una visión ardiente, a
veces noble y a veces depravada, idealista o perversa... Son figuras que
han desarrollado un alto grado de desprecio o de admiración por la
mayoría dominante, la cual los lleva a una distorsión neurótica de
los hechos”. Esa peculiaridad, han dicho algunos, convirtió a Hitler
en una especie de víctima, “prisionero de sus impulsos
subconscientes”. En apoyo de esa tesis se recurre al viejo juicio de
Protágoras, quien opinaba que ninguna persona, por voluntad propia,
procedía mal; le dijo a Sócrates, según el Diálogo
de Platón (399 A.C.) sobre aquel filósofo: “Nadie va por gusto
tras el mal o tras lo que cree que es malo”. Una de las opiniones que
apoyan esa idea es la del H. R. Trevor-Roper, autor de The
Last Days of Hitler (1945), quien a la pregunta de Rosenbaum sobre
su maldad consciente le respondió: “¡Oh, no! Hitler estaba
convencido de la rectitud de sus actos...”; y ante la misma pregunta,
le dijo Efraín Suroff, jefe del grupo israelita que ha perseguido a los
nazis por todo el mundo: “Naturalmente que no. Hitler pensaba que él
era un médico que estaba matando gérmenes patógenos; eso es lo que
para Hitler eran los judíos; él creía que no estaba actuando mal,
sino que estaba haciendo un bien”.
Rosenbaum,
por su parte, no cree que Hitler actuaba convencido de “la rectitud”
de sus actos, sino, todo lo contrario, que actuaba “consciente a
plenitud de su maldad”. La diferencia significa poco para la víctima,
pues un crimen no deja de serlo cuando el criminal cree que está
haciendo un bien, pero desde el punto de vista jurídico quizás hay
cierta diferencia, toda vez que en la sinceridad del propósito alguien
podría encontrar una reducción de la culpa. Es distinto considerar el
Holocausto como una simple perversión de la mente que como respuesta
del instinto de conservación ante la creencia de que los judíos
constituían una amenaza para Alemania, que eran “los enemigos
mortales de la raza aria y que había que destruirlos para que
sobreviviera la raza superior”.
Del
enfrentamiento de esa dos teorías surge una intermedia que participa de
las dos, y es que ese tipo de criminal, precisamente para mitigar el
peso de la culpa, sin renunciar la perversidad del acto a que lo lleva
el odio, echa mano a una doctrina con la que cubre el pecado. Luego se
aprovechan del programa los que padecen de similar encono y necesitan
también una máscara para disfrutar sin complejos en la orgía del
delito. Conviven en esas figuras el mentiroso y el engañado con sus
propias mentiras. Y es por la fuerza que les da esa “rectitud”
convencional que logran arrastrar a la multitud —resentidos, inocentes
e ingenuos— tras el delirio y los excesos del líder: la nobleza del
fin que se persigue exculpa la brutalidad de los medios que se practican
para llegar a él.
Walter
C. Langer, sicólogo de Harvard University, quien en 1943 hizo un
estudio sobre la mentalidad de Hitler, publicado en 1972 con el título
de The Mind of Adolf Hitler,
concluyó sobre varios aspectos de su persona: “Hitler tiene la
capacidad de despertar lo mismo las inclinaciones más primitivas de la
multitud como las más elevadas, los más bajos instintos, y
disfrazarlos con una máscara altruista a fin de justificar todo lo
necesario para lograr el objetivo que quiere... [Tiene también] el arte
de evocar en las tradiciones del pueblo... temas que despiertan las
emociones más profundas de quienes lo escuchan... [Puede asimismo] usar
el terror con toda su fuerza y movilizar los temores de la multitud, los
cuales él ha descubierto con sorprendente precisión... Las reglas
principales que rigen su comportamiento son las siguientes: no permitir
jamás que a la gente que lo sigue se le enfríe su ardor; no admitir
errores nunca, ni reconocer que el enemigo puede tener algunas cosas
buenas; no dar espacio para otras alternativas; concentrarse en el
enemigo y echarle la culpa de todo lo que le sale mal; [tiene, además,
la capacidad de mentir en grande, pues] la gente cree con mayor
facilidad una gran mentira que una pequeña, y si la mentira se repite
con frecuencia, tarde o temprano, se llega a creer. Hitler tiene el propósito
de no rendirse: después de sus más aplastantes derrotas se reúne con
sus colaboradores y empieza a hacer planes para salir de las
dificultades. Las situaciones que anularían a cualquiera, por lo menos
durante un tiempo, parece como si lo estimularan para hacer aún
esfuerzos mayores...”
En
un estudio también reciente, The
Hitler of History (1997), de John Lukacs, se presenta otra hipótesis
sobre el antisemitismo de Hitler, y es la que más interesaría,
salvando las necesarias distancias, en un estudio paralelo con Fidel
Castro. Afirma Lukacs que buena parte del anormal comportamiento de
Hitler se origina por “sus [malas] relaciones con el padre”. En Mein
Kampf, dice, “Hitler describió a su padre, y sus contactos con él,
en términos distintos de los que usó en otras ocasiones. Todo parece
indicar que esa versión en Mein
Kampf fue calculada conscientemente, y que fue mucho más lejos de
las frases apropiadas con las que una persona describiría las
respetables relaciones con su progenitor. Cuanto sabemos nos lleva a
pensar (a veces por sus propias palabras) que él temía, despreciaba y
odiaba a su padre...” ¿Por qué lo odiaba? se pregunta Lukacs, y
responde con la suposición de creerlo “medio judío”. “El
‘problema’ judío”, afirma este autor, “fue la obsesión
fundamental de Hitler. En un momento de su vida se convenció de que la
presencia de los judíos era el problema fundamental de Alemania y de
Europa, y quizás del mundo entero —la llave de la Historia”.
La
más grande contribución de Freud a la siquiatría, a fin de entender
la conducta humana, fue señalar la importancia de los primeros años en
la vida de un niño. Ya hoy no es aceptable por sí sola esa explicación,
pues se cree que, buena parte de lo que se es viene, usando aquí un término
de la informática, “programado”: lo genético influye en el
comportamiento del individuo. A partir del simple postulado freudiano,
el sicólogo Langer analizó cuanto se sabía de la niñez de Hitler
para concluir que su padre era “brutal, injusto y desconsiderado, y
que no respetaba a nadie ni nada”; y que Hitler fue, en no poca
medida, por ese motivo, Hitler.
Así el libro de Rosenbaum presenta en la cubierta, y en la primera página,
la foto infantil de su figura, como indicando que es en aquel momento de
su vida donde deben buscarse “los orígenes de su maldad”.
El
padre de Fidel Castro
Tampoco
es posible “explicar” a Castro sin tener en cuenta quién fue su
padre y cómo vivió sus primeros años. Puede con ese ejercicio, entre
otras cosas, descubrirse el origen de su odio obsesivo a los Estados
Unidos, de su desprecio de la tradición cubana y de su culto a la
violencia. Fidel Castro siempre ha escondido su infancia, y muy poco ha
dicho de sus padres. Igual que Hitler: cuando en 1930 unos parientes de
Hitler pensaron publicar en Inglaterra algo sobre la familia, llamó a
un sobrino y le advirtió: “La gente no debe saber quién soy yo;
nadie tiene que saber de dónde vengo...”
No se le ha escapado
a los biógrafos de Castro su silencio respecto a sus padres y a su
infancia; ha dicho Tad Szulc, en Fidel:
un retrato crítico (1986): “Es muy significativo que Fidel Castro
parezca y reconozca saber muy poco de los antecedentes de su padre, y
ello debe ser una expresión, consciente o subconsciente, de su actitud
negativa hacia don Ángel... En las escasas e incompletas referencias
que hace Castro de su niñez, nunca se menciona [por ejemplo] el tema de
si sus padres estaban o no casados cuando él nació... Parece que la
opinión de Castro tiene de sus padres es básicamente despreciativa.
Sin embargo, los utilizó durante años para sacarles provecho y aceptó
su ayuda financiara incluso cuando llegaron los preparativos para la
invasión del Granma, en
1956... Pero está claro que no había cordialidad entre aquellos dos
orgullosos y testarudos españoles...”
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Ángel Castro, el padre de Fidel. Fue
soldado en tiempos de Weyler y, con el dinero del retiro, compró un
pedazo de tierra en la provincia de Oriente, el que hizo crecer
hasta convertirse en un latifundista.
Lina Ruz, la madre de Fidel y de Raúl Castro (véase el gran
parecido que tiene con éste). Dice su nieta que Lina nació en
Pinar del Río, y fue a dar con sus padre y dos hermanas a Birán.
Allí se la ofrecieron a Ángel Castro con tal que le permitiera a
la familia vivir en un bohío de la finca. El la tuvo como cocinera
y amante hasta que, con varios hijos de esa unión, don Ángel
abandonó a su primera mujer y se casaron.
Abajo, Lina armada con rifle y revólver a la cintura.
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Sólo
en una ocasión Castro habló de manera más abierta sobre su infancia:
fue en una entrevista que le hizo Carlos Franqui, jamás publicada en
Cuba, recogida en Vida, aventuras
y desastres de un hombre llamado Castro (1988). Dice Franqui antes
de transcribir las palabras de su entrevistado, descubriéndole su
“marginalidad”: “El niño Fidel era un rico-pobre, hijo de gallego
latifundista, tratado de guajiro, no bautizado... ni inscrito
legalmente, nacido de aquella unión misteriosa del amo y de la pobre
criada. Vive en Santiago, como en La Habana, ni en familia ni en
sociedad, como la mayoría de sus compañeros que procedían de la
familias ricas o prestigiosas del mundo burgués cubano: el amor-odio
por la riqueza iba a ser una constante en la vida de Fidel Castro, como
si no pudiera vivir sin ella, ni con ella, y terminara poseyéndola y
destruyéndola; entre el resentimiento y la venganza... Si no tuvo vida
de familia, ni afectos, niñez o adolescencia, casa, juventud, fiesta;
si fue obligado a estudiar interno por catorce años, en duros
colegios... su Cuba futura sería una copia al carbón de su vida de
entonces...” Y en su confesión Castro le dijo a Franqui: “... De
muchacho, tengo una muy rica experiencia de todas las injusticias, los
errores, los maltratos que reciben los niños. Yo diría que de niño
tengo una rica experiencia de explotación... Nuestro padre le daba las
quejas a todo el que venía, y decía que le habían dicho en la escuela
que sus hijos [Ramón, él y Raúl] eran los tres bandoleros más
grandes que habían pasado por ella...” Así acordaron sus padres no
mandarlos de nuevo a la escuela; y Castro agrega: “Yo entonces llamé
a mi madre y le dije que yo quería seguir estudiando, y que si no me
mandaban otra vez a la escuela le iba a pegar candela a la casa...”
Fue ése el más antiguo chantaje de Fidel Castro: toda su vida, hasta
el presente, ha dado muestras de ser un maestro en el arte de conseguir
lo que quiere por medio de la intimidación y la violencia.
No
es distinto el juicio que ofrecieron, sobre las relaciones del padre con
Fidel, su hermana Emma, y su hermanastra, Lidia, en los artículos que
aparecieron en el Diario de Nueva
York (del 22 de abril al 11 de mayo de 1957), a que hace referencia
Nathaniel Weyl en su libro Red
Star Over Cuba (1960); dice que, “a pesar de que ellas intentan
presentar una imagen grata de Fidel, a fin de destacar su sentido de
justicia social, son evidentes [en sus polémicas con el padre] las
malas relaciones entre los dos”.
Luis
Conte Agüero, en Fidel Castro:
psiquiatría y política (1968), se refiere así a la infancia de
Castro: “Su hermana Juanita hizo pública esta trágica discordia
[entre Fidel y su padre] al declarar en un discurso que su hermano hacía
sufrir a su madre, que no tenía respeto alguno por su padre, y que para
él engendrar un hijo era una cuestión puramente animal...” Y agregó:
“Yo tuve la dolorosa experiencia de sentir, en mi propia persona, en
la de mis familiares que no son comunistas, en la de nuestros difuntos
padres, esa inhumana y monstruosa reacción de Fidel, porque para Fidel,
como él mismo afirma, ‘fuera de la revolución (comunista) no existe
familia, hermanos, nada’. Fue deshumanizado y cruel hasta con nuestro
padre y con nuestra madre. A nuestro padre lo chantajeaba, criticaba y
amenazaba, para que costeara sus aventuras gansteriles en la Universidad
de La Habana, sus campañas politiqueras... A nuestra madre le hizo
pasar los peores momentos de su vida, criticándola despiadadamente, y
amenazándola con robarle lo que era el fruto de su trabajo y la
tranquilidad del hogar...” Y añade Conte Agüero sobre estos juicios
de Juana Castro: “Fidel hizo sufrir mucho a su madre, especialmente
después que asumió el poder en 1959. No sólo la hizo vigilar con una
familiar miliciana, sino que la reprochaba por imaginarias desatenciones
durante la infancia...”
En
el amañado libro Fidel y la
religión, conversaciones con Frei Betto, publicado en Santo Domingo
en 1985, por su parte, como hizo Hitler en Mein
Kampf, Castro quiso dar una visión idealizada de sus padres, y
afirmó: “Mi padre era hijo de un campesino sumamente pobre allá en
Galicia. Cuando la última guerra de independencia de Cuba, iniciada en
1895, lo envían como soldado español a luchar aquí. Aquí estuvo mi
padre muy joven, reclutado por el servicio militar, como soldado del ejército
español. Después de la guerra se lo llevan de regreso a España.
Parece que le agradó Cuba, y una vez, entre los tantos emigrantes, salió
también para Cuba en los primeros años de este siglo, y sin un
centavo, y sin ninguna relación, empezó a trabajar... Era un hombre
muy activo, se movía mucho, era emprendedor y tenía una capacidad
natural de organización. No conozco mucho cómo fueron los primeros años...
Mi padre, aunque tenía extensas tierras, era un hombre muy noble,
sumamente noble... Fue un hombre que jamás le dio una respuesta
negativa a alguien que llegara a pedirle algo, que le solicitara una
ayuda... No recuerdo nunca que a mi padre fuera nadie a pedirle algo y
que él no le buscara solución...”
La más reciente
versión de la niñez de Fidel Castro, y la más procaz, la ofrece el
libro Alina: memorias de la hija
rebelde de Fidel Castro (1997). Debió informarse con lo que le diría
su madre, Naty Revuelta, durante mucho tiempo amante y confidente de
Fidel Castro. Cuenta allí Alina Fernández Revuelta, de su abuelo Ángel
Castro que, a la terminación de la guerra, volvió “derrotado a su
terruño”, y que “cuando el gobierno de España desmovilizó a las
tropas coloniales”, con un dinero que le dieron como retiro, volvió a
Cuba. “Tenía una vocación de astucia imparable y traía muy bien
pensado cómo usarla”. Poco después se compró la finca Birán y,
“a base de cercas removidas y vueltas a sembrar con la cómplice
noche, empezó a ejercer un cacicazgo”. Y sobre su abuela, Lina Ruz,
cuenta el viaje con su familia desde Artemisa a Oriente, donde se puso a
vivir en concubinato con Ángel Castro; le empezaron a nacer hijos —el
tercero fue Fidel, el sexto
Raúl— (siete en total), y don Ángel se divorció de la primera mujer
(María Luisa Argote), “abandonada por la querida”, quien tuvo que
dejar “los espacios inalterables de la finca”, junto a sus dos hijos
(Pedro Emilio y Lidia), para vivir “en una casona desvencijada”.
“El niño Fidel, junto con sus hermanos mayores, vivió (como una
mancha oscura) sus primeras anochecidas en el bohío de paja al norte de
la finca”, con su abuela y su madre. Ya luego la nueva familia se mudó
para el lugar de don Ángel”. Y concluye: “Fue un alivio cuando Lina
ocupó el lugar de María Luisa [la primera esposa], y los niños
pudieron abandonar la escuelita rural para ir como Castro a las mejores
escuelas de Santiago de Cuba... Pero mejor fue cuando lo mandaron a La
Habana y aquello [su infancia] quedó atrás formando parte de un pasado
irredimible y oculto...”
La
yanquifobia y el internacionalismo
Los
odios del soldado Ángel Castro son los que empujan en su hijo Fidel la
rabia contra los Estados Unidos, contra la sociedad y lo cubano. No es
extraño, ni injustificado, el antiimperialismo en la historia de Cuba:
Varela, Martí, Maceo, Máximo Gómez, Bartolomé Masó, Juan Gualberto,
Varona, Sanguily, Guiteras, Chibás: la codicia y la torpeza de los
Estados Unidos hicieron su obra, pero ninguno de ellos, por evitar ese
peligro, hubiera sometido a su patria a la vergonzosa dependencia
extranjera a que llevó Castro a Cuba; a la reducción de su soberanía
en favor de la Unión Soviética; a empobrecer el país con aventuras
internacionalistas; a destrozarlo con el más despiadado totalitarismo;
al callejón sin salida en que hoy se encuentra. Ninguno de nuestros
grandes hombres hubiera dejado expuesto el país, con actos caprichosos
e irreflexivos como los de Castro, a una mayor penetración imperialista
de Norteamérica en el futuro. Hubiera quizás bastado empezar
suprimiendo la venalidad de los gobernantes y practicar la recomendación
de Manuel Márquez Sterling, de 1917: “Contra la injerencia extraña,
la virtud doméstica”.
No
se le escapó a Georgie Anne Geyer, en Guerrilla
Prince: the Untold Story of Fidel Castro (1991) la relación entre
la yanquifobia de Castro y la del padre; allí dijo: “Fidel Castro ha
vivido toda su vida obsesionado con los Estados Unidos, si hubiera
podido destruirlos, lo hubiera hecho. Tanto como pudo neutralizar su
poder en Cuba y fuera de ella, él lo ha hecho. Esa obsesión surge en
parte de la antigua malevolencia de la España católica contra el espíritu
protestante del norte; estaba en la sangre de Ángel Castro, quien luchó
contra los americanos y por la Madre España, y así pasó a la sangre
de su hijo... Él hizo una total ‘identificación con el agresor’
(en particular con su padre, pero también con Batista y los
Jesuitas)...”
Una
carta de Fidel Castro a Celia Sánchez, en la Sierra Maestra, fechada el
5 de marzo de 1958, presenta su animadversión contra los Estados Unidos
como producto, en ese momento, de la ayuda que le prestaban a la
dictadura de Batista; le escribió: “Celia, al ver los cohetes que
tiraron en casa de Mario, me he jurado que los americanos van a pagar
bien caro lo que están haciendo. Cuando esta guerra se acabe, empezará
para mí un guerra mucho más larga y grande: la guerra que voy a echar
contra ellos. Me doy cuenta que ése va a ser mi destino verdadero”.
Luego, ya en el poder, con sus insanos delirios y la arrogancia de los
gobernantes americanos, se exacerbó la contienda.
¿Quien
niega, por otra parte, que en Cuba no era necesario un mejor
repartimiento de la riqueza y de la justicia? Los mismos nombres antes
citados, servirían para resumir esa demanda. Sólo la lejanía en el
tiempo puede explicar que muchos aún hoy no vean, por un puñado de
estadísticas e índices del progreso material, la falta de caridad y la
indigencia que sufrieron en la República buen número de cubanos. Las
luchas por eliminar la injusticia son legítimas, si no crean otra.
Pero la destrucción de la sociedad, tal como la realizó Castro,
sólo se explica por su anormal percepción de la realidad, quizás por
aquella “rica experiencia de todas las injusticias, los errores, los
maltratos que reciben los niños”, como le dijo a Carlos Franqui, por
haberse visto marginado con el concubinato de sus padres, el que tuvo
que terminar para bautizarlo (el último de todos sus hermanos) y que
pudiera estudiar en colegios de los ricos, y para que no le dijeran, con
la crueldad de que son capaces los niños, que era un “judío”. Para
corregir los desajustes sociales de Cuba no hacían falta las medidas
extremas y disparatadas que se han aplicado; pero para complacer la
venganza de un sicópata eran imprescindibles. No hay así arreglo
posible con Castro: se puede dialogar con una ideología, no con una
esquizofrenia.
La
identificación con el padre no nace del cariño del hijo, sino todo lo
contrario, nace de su repudio; es lo que se llamó Anna Freud la
“identificación con el agresor”. La sociedad cubana, y su historia,
se convirtieron en Fidel Castro en la imagen paterna, y hay como una
especie de dicotomía en la cual el manejo de los odios del progenitor
(contra los Estados Unidos y contra lo cubano) sirven para agredir al
padre. De la historia de Cuba ha sacado Fidel Castro lo que puede
conjugar con su psicosis: el antiimperialismo, por ejemplo, pero deja en
ella cuanto le limita la venganza: el espíritu democrático, el amor a
la libertad, el culto de lo propio. Castro encontró en el
“internacionalismo” marxista-leninista la justificación más
socorrida para darle rienda suelta a su repudio de todo nacionalismo.
Esa
actitud ambivalente no es extraña en las neurosis. En su estudio sobre
Una neurosis demoníaca en el siglo XVII (1923), en la parte que
trata de “El demonio como sustituto del padre”, afirmaba Sigmund
Freud, al hablar “de la ambivalencia que domina la relación del
individuo con su padre personal”: “Si el Dios bondadoso y justo es
un sustituto del padre, no es de extrañar que también la actitud
hostil, que odia y teme y acusa al padre, haya llegado asimismo a
manifestarse en la creación de Satán. Así, pues, el padre sería el
prototipo individual, tanto de Dios como del Diablo”. Y aclaraba en Dostoivesky
y el parricidio (1928): “La relación del niño con su padre es
una relación ambivalente. Además del odio que quisiera suprimir al
padre como a un enfadoso rival, existe regularmente una cierta magnitud
de cariño hacia él. Ambas actitudes llevan, conjuntamente, a la
identificación con el padre. El sujeto quisiera hallarse en el lugar
del padre, porque lo admira; quisiera ser como él, y quisiera al mismo
tiempo suprimirlo... Si el padre fue severo, violento y cruel, el
Super-Yo toma de él estas condiciones, y en su relación con el Yo se
hace masoquista, esto es, femeninamente pasivo en el fondo...” ¿Sería
por ese masoquismo que, como contó Alina Fernández, cuando Lina Ruz
castiga a sus hijos por las travesuras que hacían en la casa, “Fidel
era el único que se bajaba el pantalón, le daba las nalgas y la decía:
‘Pégame, mami’“? Ya había aludido a esa peculiaridad Luis Conte
Agüero, en la biografía que preparaba en 1959 (que iba a titular
“Fidel Castro: vida y obra”), y aclaró en su libro Los
dos rostros de Fidel Castro (1960): “Fidel expresó su disgusto
por haber [yo] recordado
que cuando niño evitaba el castigo materno ofreciendo las nalgas. ¿Explicación?
Búsquela el lector...” La
respuesta está en el ensayo de Freud, de 1919, que tituló “Pegan a
un niño”, en el que describe “la fantasía de la flagelación”,
que lleva al individuo a desarrollar “una suceptibilidad y una
excitabilidad especial contra las personas que pueden ser incluidas en
la serie paterna, [y] se consideran vejados por ellas al menor
pretexto...”
Fidel
Castro encontró en al marxismo-leninismo la justificación doctrinal
para sus fobias. El antiimperialismo le permitió canalizar su odio a
los Estados Unidos; y el internacionalismo, con fervor defendido por
Lenin, le permitió alejarse de la tradición nacionalista. La farsa de
un culto tan sonoro como falso por Martí y Maceo le ha permitido
encubrir el extrañamiento de lo cubano y el pervertir la conciencia
nacional. Con todo candor, sin embargo, le confesó a Frei Betto en el
libro citado: “Antes de ser marxista, fui un gran admirador de la
historia de nuestro país, y de Martí, fui martiano...”, por lo que
se concluye que, al hacerse marxista, dejo de ser “un gran admirador
de la historia de nuestro país y de Martí”; y es lógico que así
haya sido pues, como advirtió Lenin, el nacionalismo es hostil a la
naturaleza del proletariado como portador del internacionalismo, y “la
urgencia de luchar contra ese mal, contra esos profundamente enraizados
prejuicios pequeño burgueses, los prejuicios nacionalistas, conspiran
contra la necesidad de transformar la dictadura proletaria desde una
dictadura nacional a una internacional”.
Es
por esa aversión a lo propio que el marxismo-leninismo criollo le
criticó a Maceo “su estrechez política” por haber “centrado en
Cuba su preocupación y su obra”, y no haber sentido “inquietudes
internacionales”; y por la misma razón esconde el fervoroso
nacionalismo de Martí, su amor a Cuba, tras su justificada preocupación
antiimperialista de entonces. Así el gobierno de Castro ha suprimido
del calendario las fiestas patrióticas, para alejar al país de sus
tradiciones, todo lo que le repugna al subconsciente del líder, y
llenar el vacío con doctrinas exóticas y desacreditadas; desconoció
con ese proceder aquella advertencia de Martí, publicada en Patria
el 14 de mayo de 1892, contra los que “de pura flojera de carácter,
de puro carácter segundón, de pura impaciencia y carácter
imitativo... no tienen fe en la semilla del país, [y] se mandan a hacer
el alma fuera, como los trajes y los zapatos...”
El
Diez de Octubre hace un siglo
Libre
Cuba de la dominación española, al cumplirse el treinta aniversario
del alzamiento de Céspedes en la Demajagua, no pudo celebrarse con el
fervor y la gratitud que los cubanos debían al acontecimiento. El
gobierno interventor americano temía que el pueblo tomara represalias
por los abusos de los españoles y de los que habían servido sus
intereses. El Consejo de Gobierno de Cuba, presidido por Bartolomé Masó,
había aprobado el mes anterior, por ese motivo, una Ley Penal por la
que se concedía el “perdón a los vencidos”: era el cumplimiento de
las promesas hechas en manifiestos y proclamas durante la guerra y
durante su preparación; dice el acuerdo del 11 de setiembre, en el
libro de Actas ... del Gobierno
durante la Guerra de Independencia (1930): “Considerando que
terminada la guerra deben cesar las pasiones y odios desarrollados
durante la lucha, realizando de este modo la unión de todos los cubanos
bajo nuestra bandera, que es símbolo de libertad y no de venganzas ni
rencores... acuerda el Consejo conceder amnistía a los culpables de
cualquiera de los delitos definidos en el artículo cuarenta y ocho de
la Ley Penal... [y comunicar a las autoridades de la República este
dictamen] haciéndoles notar los males que podrían sobrevenir de no
observar una conducta de olvido y de perdón”. Por ese acuerdo, según
escribió Gerardo Castellanos en su Panorama
Histórico (1934), “se salvaron criminales, guerrilleros, villanos
sicarios de los españoles y pérfidos voluntarios: toda la canalla que
había dominado en Cuba y combatido ferozmente la Revolución
Libertadora”.
Contribuyó
al silencio en ese 10 de Octubre el que desde el día 8 la isla sufría
los embates de un fuerte ciclón. Pero en Santiago de Cuba el pueblo
visitó la tumba de Carlos Manuel de Céspedes y la de los otros mártires
de la guerra, y por la noche se celebró un acto patriótico en el Club
San Carlos. Por su parte, los emigrados aprovecharon en Cayo Hueso la
fecha para despedirse del país que los había acogido en el destierro.
Muchos llegaron al Cayo, camino a Cuba, procedentes de Tampa,
Jacksonville, Filadelfia, Nueva York y otras ciudades de los Estados Unidos. Desde 1869
se había establecido entre los residentes del lugar la costumbre de
rendir tributo al Grito de Yara con una peregrinación al cementerio. En
aquella ocasión habló el patriota Manuel Deulofeu, pastor protestante,
y dijo al pie del Mausoleo de los Mártires en un discurso que reprodujo
en su libro Martí, Cayo Hueso y Tampa (1905): “De todos los días que aquí
nos hemos reunido con el objeto de tributar un recuerdo a los héroes y
mártires de nuestra patria, ninguno reviste un carácter más solemne y
significativo que este día 10 de Octubre de 1898, porque después de
tanto esperar, luchar y sufrir, ésta es la última vez que nos
congregamos en este recinto en el cual hemos venido depositando por
espacio de unos treinta años, los restos de seres queridos en la tierra
extranjera, y en la que hemos levantado este monumento que llevará a la
posteridad los nombres de algunos de nuestros héroes y mártires y
expresará al porvenir la gratitud de los que hemos recogido el fruto de
sus sacrificios...”
La
soberbia y el resentimiento de España
Vencida
España, hicieron sus representantes todo lo posible por someter a Cuba
a los Estados Unidos. El 6 de octubre de 1898, desde Madrid, el Ministro
de Estado le envió un telegrama al presidente de la Comisión Española
de la Paz, en París, en el que le pedía que “la República americana
se anexionara la isla... Ya sea en forma de anexión, ya de
protectorado, es indispensable que los Estados Unidos sean quienes
acepten la renuncia de la soberanía en su favor...” Los americanos
resistieron la tentación toda vez que habían declarado por la Resolución
Conjunta del 18 de abril, “que el pueblo de Cuba” era y debía ser
“libre e independiente”; y allí negaron tener deseos “ni intención
de ejercer jurisdicción, ni soberanía, ni de intervenir en el gobierno
de Cuba”, puesto que “su propósito” era “dejar el dominio y
gobierno de la isla al pueblo de ésta, una vez realizada” su
pacificación.
Mucho
costó a Cuba el ridículo orgullo español. De grandes males se habría
librado si España le hubiera entregado a los cubanos el destino de su
patria. Con tiempo se lo advirtió Máximo Gómez a Ramón Blanco, capitán
general poco antes de terminar la guerra; le escribió: “España no
debe permitir que Cuba deba su independencia, ni poco ni mucho, a
favores extraños. Las deudas mejores y las que mejor se pagan, son las
impuestas por la gratitud... Bórrese de una vez para siempre el abismo
que separa a cubanos y españoles, con el abrazo que implica el
reconocimiento de la República de Cuba, y entonces se habrá firmado la
paz eterna...” No le hicieron caso las autoridades españolas en la
isla, y sembraron en el país, con su soberbia, el infortunio. Meses más
tarde, el 8 de enero de 1899, quejoso el General en Jefe de la ocupación
americana, escribió en su Diario
de Campaña: “La actitud del Gobierno Americano con el heroico
pueblo cubano, en estos momentos históricos, no revela a mi juicio más
que un gran negocio... Nada más racional y justo, que el dueño de una
casa sea él mismo, que la va a vivir con su familia, el que la amueble
y adorne a su satisfacción y gusto; y no que se vea obligado a seguir,
contra su voluntad y gusto, las imposiciones del vecino...”
El
jefe de la escuadra española, el almirante Pascual Cervera, derrotado
el 3 de julio de 1898 en Santiago de Cuba por la escuadra americana,
tuvo que abandonar el barco insignia en que se encontraba. Ganó a nado
la costa, trató de huir, y en la playa de Nima-Nima lo arrestaron los
mambises al mando del coronel Candelario Cebreco. Según le contó uno
de ellos, Santiago Cuesta, al autor de la Cronología
de la guerra hispano-cubano-americana (1950), Felipe Martínez
Arango, Cervera le dijo a los cubanos: “Ustedes serán libres de España,
pero serán esclavos de los norteamericanos”. Bien podían los
insurrectos en aquel momento haber juzgado al atrevido almirante, y
castigarlo, pues 25 años antes había tomado parte activa en Santiago
de Cuba en la matanza de los expedicionarios del “Virginius”; pero
los cubanos al mando de Cebreco, previa firma de recibo, lo entregaron a
los americanos, quienes, con otros oficiales y heridos, lo trasladaron a
la Academia Naval de Annapolis, de donde salió poco después hacia España.
Según el artículo
4 del Protocolo de Paz firmado en Washington el 12 de agosto de 1898,
España se comprometía a evacuar “inmediatamente” sus tropas en
Cuba. Agobiados los españoles con todo tipo de dificultades, no
pudieron hacerlo en el tiempo acordado. Cuenta así el proceso Emilio
Reverter Delmás en el último tomo de su obra La
Guerra de Cuba; reseña histórica de la insurrección cubana:
1895-1898 (1899): “El día primero del nuevo año 1899 cesó de
hecho y de derecho en el archipiélago filipino la soberanía española,
y se arrió en toda la isla de Cuba, como antes se había arriado en
Puerto Rico, la bandera de la patria. Inmensa fue la desgracia, y aún
lo parecía más, porque era igual el sonrojo. Prueba de ello lo que
sucedió al efectuarse el cambio de dominio... Quedaban en Cuba cuarenta
mil soldados contra quienes, abandonados a sí mismos, se ejercía la
mala voluntad de los americanos y el odio inextinguible de los
insurrectos... Lo deshonroso fue dejar en los territorios de que se nos
había despojado millares de hermanos e hijos nuestros, los cuales,
antes de volver, si volvían a la patria, habrían de sufrir corporal y
moralmente atroces amarguras... Sin ese criminal abandono, sin ese
vergonzoso olvido, nos hubiéramos ahorrado el triste y doloroso espectáculo
de ver arribar semanalmente a nuestros puertos esos buques fantasmas
cargados de moribundos, ante los cuales no hubo conciencia que se
sintiera tranquila...”
Weyler
y Ángel Castro
Uno de esos
“cuarenta mil soldados contra quienes, abandonados a sí mismos” se
ejerció “la mala voluntad de los americanos y el odio inextinguible de
los insurrectos”, debió ser Ángel Castro. Acabada de iniciarse la
insurrección el 24 de Febrero se empezaron a enviar refuerzos militares
desde España; Weyler sólo llevó a Cuba casi 100 mil hombres, y las
fuerzas españolas llegaron a contar, con los que había llevado el año
anterior Martínez Campos, más de un cuarto de millón de soldados. A Ángel
Castro no le había tocado en suerte servir en la guerra, fue en sustitución,
previo pago, de uno de los “quintos” elegidos en su pueblo. Según
Juan Tuñón de Lara en La España
del siglo XIX (1973), cada recluta pagaba entre 1500 a 2000 pesetas
para que otro fuera en su lugar.
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Víctimas
de la “Reconcentración” impuesta por Weyler en 1896. El
amigo de Castro, Fraga Iribarne, ha dicho que el crimen de la
"Reconcentración" fue un "mito propagandístico"
de los cubanos, algo como dicen los defensores de Hitler,
respecto al Holocausto judío, que "no existió". |
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Desembarco
de las tropas norteamericanas el 22 de junio de 1895 en
Daiquirí, al sur del Caney. Los mambises, al mando del
general Castillo Duany, habían ocupado la zona para proteger
la operación. Dos días más tarde, con los cubanos en la
vanguardia, tuvo lugar el combate de Las Guásimas, también
en El Caney, hasta la rendición de los españoles en Santiago
de Cuba. |
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Acabada
la guerra, con otros españoles resentidos por la victoria cubana, Ángel
Castro se llevó a Galicia el culto de la violencia, el odio a los
Estados Unidos y el desprecio por lo cubano. Había llegado a Cuba con
Valeriano Weyler —”un hombre malvado, repulsivo, cobarde y física y
mentalmente enfermo y animado de las peores pasiones”, como lo
describió Herminio Portell Vilá en su Historia
de Cuba, en sus relaciones con los Estados Unidos y España
(1939)— y tuvo que poner en práctica las terribles órdenes
de ese odiado general. Su primer “Bando”, fechado el 16 de febrero
de 1896, según sus memorias, Mi
mando en Cuba (1910), fue contra la libertad de expresión; en él
se lee, con palabras no extrañas al despotismo de nuestros días:
“Quedan sujetos a la jurisdicción de guerra los... que intenten o
propalen por cualquier medio noticias o especies directa o
indirectamente favorables a la rebelión, debiendo considerárseles como
reos del delito contra la seguridad de la patria..., [los] que de
palabra, por medio de la prensa o en cualquier otra forma, depriman el
prestigio de España, del Ejército, del instituto de Voluntarios y
Bomberos, o de cualquier otra fuerza que opere con el ejército..., [y
los] que por iguales medios traten de ensalzar al enemigo...” Y
concluye: “Los delitos anteriormente numerados que tengan señalada
por la ley pena de muerte o perpetua, serán juzgados en procedimiento
sumarísimo...”
La
más repugnante disposición de Weyler, la más conocida, sin embargo,
hizo reconcentrar a los campesinos en las ciudades a fin de impedir que
ayudaran a los insurrectos. Por esa cruel medida murieron de hambre y
enfermedades cientos de miles de cubanos. Según datos publicados en La Reconcentración, 1896-1897 (1998), de Raúl Izquierdo Canosa,
en acciones de guerra habían muerto, entre 1895 y 1898, unos 27 mil
cubanos, pero por los abusos de Weyler, entre 200 y 300 mil inocentes
perdieron la vida: la población de Pinar del Río se redujo en casi un
25%; la de La Habana, en un 14%; la de Matanzas y Santa Clara, en un
30%; la de Puerto Príncipe en un 13% y la de Oriente en un 12%.
El
odio de Ángel Castro a Cuba y a los americanos no le impidió, como se
ha visto, ante las dificultades que encontró al regresar a Galicia,
volver a la isla. Por el recuerdo de la riqueza sin explotar que había
descubierto en sus correrías militares, allá fue venciendo con su
ambición y su astucia la animosidad que se había llevado. Empezó de
obrero de una compañía norteamericana y años más tarde, ya era un
rico latifundista.
Además
de la infortunada disposición genética en el hijo, es el resentimiento
del soldado Ángel Castro lo que mueve el compulsivo y trasnochado
antiamericanismo de Fidel. Censurables, son, sin duda, las medidas
impuestas por el capitalismo a los países pobres del mundo, y es
necesario combatirlas poniendo al hombre primero antes que el rédito,
pero tiene esa noble tarea un cauce que debe servir a la justicia y no
al morboso rencor del gobernante, o a sus deseos de mantenerse en el
poder amparado en esa lucha.
Hace poco, ante las
concesiones que ha tenido que hacer el régimen de La Habana para
mantener su podrida economía, Castro le confesó a un periodista “la
repulsa” que sentía ante el enriquecimiento de algunos en Cuba. Su
paranoia jamás le permitirá ver cubanos ricos: muchos reflejos
condicionados se lo impiden: serían también la imagen del padre
latifundista que él despreciaba, y la de sus compañeros de infancia
que se burlaron de él. Los extranjeros que se enriquecen en la isla,
mientras no sean norteamericanos, no se parecen tanto a los fantasmas
que asolaron al padre y que de alguna manera aún lo persiguen a él.
Epílogo
Un
acto reciente puso en evidencia una vez más el repudio de Fidel Castro
por lo cubano. Fue el 3 de julio de 1998, al cumplirse los cien años de
la derrota española en Santiago de Cuba. Por el centenario, España
envió a Cuba el buque escuela “Juan Sebastián Elcano”; estuvieron
presentes su capitán, descendientes de Pascual Cervera, el embajador de
España en La Habana y Fidel Castro con una cuadrilla de auxiliares. El
periódico El Mundo, de
Madrid, reseñó así el acontecimiento: “Los restos de los seis
buques de la escuadra del almirante Pascual Cervera fueron bombardeados
ayer con flores desde seis helicópteros de la Fuerzas Armadas
Revolucionarias a la salida de la bahía de Santiago de Cuba... Después
del homenaje de las flores se ordenó el toque de silencio y se
dispararon 21 cañonazos”; y habló
Castro sobre “la victoria moral” que había sido la derrota
de España; dijo: “Yo veo aquella batalla como una victoria de España,
no como una victoria de Estados Unidos...”
Ni una palabra
recordó a los cubanos que tanto ayudaron en la capitulación de
Santiago de Cuba y en disponer los barcos para rendir la escuadra española.
Habían tratado de desembarcar los americanos en Pinar del Río, en Cárdenas
y en Cienfuegos, pero fracasaron: sólo en Oriente lo lograron por la
ayuda de las tropas cubanas dirigidas, entre otros, por el lugarteniente
general Calixto García, el brigadier general Demetrio Castillo Duany y
los coroneles Candelario Cebreco y Enrique Thomas. Como consta en su
Diario de Campaña, desde el 2 de mayo Máximo Gómez, por medio del
vicecónsul americano en Sagua, estuvo en contacto con el jefe de la
escuadra americana, el almirante William Sampson, quien le facilitó la
llegada de hombres y recursos, y escuchó los consejos del General en
Jefe para orientar las fuerzas a su mando. El 3 de junio se estableció
el contacto directo entre los mambises y los marinos americanos: en la
playa Juan González, al oeste de la bahía de Santiago de Cuba, Sampson
hizo recoger a Cebreco y sus ayudantes para conferenciar con ellos en el
buque insignia, el “New York”. Cuenta los detalles de este episodio
Felipe Martínez Arango en su libro antes citado; dice: “En el curso
de esta entrevista los cubanos suministraron datos militares de la mayor
importancia para la proyectada campaña. Sirvió de intérprete el
coronel Laborde, del ejército cubano, agregado al Estado Mayor de
Sampson... El jefe de la escuadra yanqui recibió la más amplia
información en torno a la escuadra española, las defensas costeras,
fortificaciones y efectivos militares de la plaza de Santiago, efectivos
cubanos, naturaleza del terreno, profundidad de las aguas, etc.” Y no
faltan testimonios, respecto a la valiosa ayuda cubana en aquella
guerra, tanto de militares americanos (el mayor general Nelson A. Miles
y el brigadier general William Ludlow) como españoles (el comandante de
marina Víctor M. Concas y Francisco Arderius, capitán ayudante del
general Fernando Villamil), actores en aquella contienda.
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El
capitán Joseph Fry, del vapor “Virginius”, el 7 de noviembre de
1873, se despide de sus marineros minutos antes de que los fusilaran
junto con los patriotas cubanos, de rodillas y por la espalda.
Fueron conducidos hasta el lugar del crimen por el teniente Pascual
Cervera, en uniforme oscuro, a la derecha. En la foto inserta,
arriba, Cervera, ya de almirante, en la época de su derrota en
Santiago de Cuba, en 1898. |
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Foto
del periódico El Mundo, de
Madrid, en el acto que se celebró en Santiago de Cuba en honor de
los españoles que lucharon contra los mambises cubanos. Castro
saluda al capitán del buque “Juan Sebastián Elcano”, después
que cinco helicópteros de las Fuerzas Armadas de Cuba
“bombardearon con flores” los lugares donde hacía cien años la
escuadra americana hundió los barcos de España. |
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Toda
la gloria en ese día, sin embargo, fue para Pascual Cervera, para aquel
teniente de navío, comandante del cañonero “Caribe”, que en 1873
mandó una compañía de Infantería de Marina para ejecutar “por la
espalda” y de rodillas a los tripulantes del “Virginius”, los
expedicionarios que iban a luchar por la independencia de Cuba. Ese
crimen fue el 4, el 7 y el 8 de noviembre de 1873. Más de cincuenta
fueron fusilados. Interrumpió la carnicería la entrada en el puerto de
Santiago de Cuba la fragata británica “Niobe”, al mando de Sir
Lambton Loraine, y la amenaza del valiente marino inglés de bombardear
la ciudad si no se detenían
los fusilamientos. El centenario de la muerte de estos patriotas pasó
en Cuba también sin recuerdo. Andaba Fidel Castro en aquellos días en
sus delirantes pujos leninistas, y el día 4 de noviembre de 1973,
cuando se cumplía el centenario de los primeros mártires del
“Virginius”, salieron a toda página en Granma sus palabras elogiando a Lenin: “Nadie como él fue capaz
de interpretar toda la profundidad y toda la esencia y todo el valor de
las teorías marxistas”; y en un discurso por la inauguración de unos
centros escolares construidos con dinero soviético: “Sólo con la
revolución socialista, sólo con el propósito y el sueño de que
nuestro pueblo marche por los caminos luminosos del comunismo, se pueden
concebir instalaciones como éstas...”; y no faltó tampoco ese día
el resuello contra los Estados Unidos, en su mensaje al Congreso Mundial
de las Fuerzas Pacíficas: condenó “la cruenta guerra desencadenada
en el Oriente medio por la pretensión israelí de mantener, con el
apoyo del imperialismo de los Estados Unidos, los territorios árabes
obtenidos por medio de la guerra...”
Para los mártires del “Virginius” no hubo ni una flor en el
panteón erigido en 1922 en su memoria,
en el Cementerio General de Santiago de Cuba, donde reposan sus
restos; ni en el busto del vicealmirante Sir Lambton Loraine con el que
la ciudad agradecida honró en la misma fecha la memoria del marino inglés.
En
la fiesta espúrea por el centenario de la derrota española, el 3 de
julio de 1998, estuvo otra vez presente el fantasma de Ángel Castro, en
la miserable actuación de su hijo, de espaldas a lo cubano, aplaudiendo
no a la España liberal que condena la tiranía del castrismo, sino
aplaudiendo a quienes fueron en su día los enemigos de Cuba. Quizás de
pura vergüenza, al ver la ingratitud de la Cuba oficial ante los
heroicos mambises, el capitán de la nave española, Teodoro de Leste,
hizo dos ofrendas florales: una en memoria de todos los cubanos caídos
en sus luchas por la independencia; otra en honor de Antonio Maceo...
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