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“Time’s
office is to fine the hate of foes...
To unmask falsehood and bring truth to light”.
Shakespeare, The Rape of Lucrece.
Se lamentaba así la casta Lucrecia después de ser violada por Sexto
Tarquino, el hijo del rey. Sí, a veces el tiempo reduce el odio de los
enemigos y vuelve a su luz la verdad. Pero como no podía el tiempo
suprimir la afrenta, Lucrecia, ante su atribulado esposo, recurrió al
suicidio para moverlo con los suyos a venganza.
Ni el tiempo ha logrado descubrir lo oculto en la muerte de Kennedy, o
minorar los enconos rivales, y menos aún establecer la culpa de Castro
en el crimen. Pronto ha de cumplir 36 años el acontecimiento, y el
gobierno cubano mantiene desde entonces un activo barraje de propaganda
con el que trata de probar, entre otras cosas, que Kennedy y Castro
estaban en noviembre de 1963 a punto de caer uno en brazos del otro.
Y
de esa mentira se hacen eco algunos ansiosos de servir al régimen
cubano, en particular cuando surge de nuevo el asunto, aunque la fuente
merezca menos respeto.
En el número del 31 de agosto del semanario National Examiner salió en primera plana este título respecto a
la muerte del hijo de Kennedy: “JFK Sabotage. Did His Secret Probe of
Dad’s Assassination Lead to Crash?” Y en la página del artículo
esta otra pregunta sobre la relación entre su muerte y la del padre:
“Did JFK Jr. die because he was investigating dad’s murder?” Y
sigue el artículo que firma Tom Knucl asegurando, por boca de un amigo
de la familia, que el joven Kennedy se encontraba sobre la pista del
crimen y próximo a denunciar a los culpables: “In the weeks before
John’s Piper Saratoga plunged into the waters of Martha’s Vineyard
on July 16, killing him, his wife Carolyn Bessete and her sister Lauren,
he’d begun the biggest project of his life, telling people: ‘I want
to know who killed my father. I want there to be absolutely no
doubt...’“
Poco después de esos comentarios en el National Examiner, todavía en agosto, aunque el número lleva fecha
de octubre, la revista Cigar
Aficionado publicó un artículo que firma Peter Kornbluh, con el título:
“JFK & Castro: The Secret Quest for Accomodation”. Sigue de
cerca los pasos de Carlos Lechuga, representante de Cuba en las Naciones
Unidas durante la crisis de octubre de 1962, en su libro En
el ojo de la tormenta (1995), también dispuesto a concluir que
Kennedy se encaminaba a un arreglo con La Habana
cuando lo asesinaron. El arbitrario manejo de Kornbluh al tratar
su asunto lo lleva a concluir que la “secret quest of accomodation”
de aquella época confirma la necesidad hoy de abandonar la política de
“unmitigated hostiltiy” contra Castro en favor de un “dialogue
toward coexistence”.
Cigar Aficionado es una publicación de notables colores y preparación, con damas y
caballeros chupando satisfechos puros de varias marcas, dispuesta
siempre a presentar el gobierno de Castro con sus mejores tintas, y con
ricos anuncios —de Bacardí, la Mercedes Benz, los hoteles Hyat, la
tarjeta Visa, los automóviles de la General Motors, los Chryslers,
Lincolns y Corvetts, el
champán Pommery, entre comerciantes y manufactureros relacionados con
el tabaco (“chinchales” de todos los tamaños), y hasta un anuncio
de la Cuban American National Foundation con discreta protesta en una de
las últimas páginas: “There is nothing pretty about Cuba’s
reality...”
Los culpables
La campaña para confundir a la opinión pública y así restar crédito
a denucias contra el régimen de La Habana por la muerte de Kennedy, la
dirige el general Fabián Escalante. Antiguo miembro de la Juventud
Comunista y protegido de Raúl Castro, al triunfo de la revolución hizo
estudios en la Unión Soviética para luego formar parte de varios
departamentos de inteligencia en Cuba. En 1960 viajó a Centroamérica
para espiar entre los cubanos que desembarcarían
en Bahía de Cochinos. Representante del Ministerio del Interior en el
juicio del general Ochoa, en 1989, fue el único de los altos jefes de
ese departamento que no sufrió castigo.
A raíz de la muerte de Kennedy, Castro, junto a Moscú, le echaba la
culpa del crimen a los grupos derechistas en los Estados Unidos. En su
comparecencia ante las cámaras de televisión, al día siguiente del
crimen, condenó la violencia aunque dejándole abierta la puerta para
algunas excepciones que podían convenirle por su propio historial y
para el futuro; dijo: “... Yo siempre reacciono —y estoy
seguro que ésa es la reacción de la inmensa mayoría de los
seres humanos— reaccionamos siempre con repudio frente al asesinato,
frente al crimen. No podemos considerarlo como un arma correcta de
lucha, no debemos considerarlo. Y sobre todo, en las condiciones en que
se produce, porque —como en todas las cosas— siempre hay que
circunscribirlo al ambiente, al escenario, a la circunstancia. Se dan
casos, a veces, en medio de una guerra civil, en medio de una feroz
represión, en que los revolucionarios se ven obligados a defenderse, se
ven obligados a matar para defenderse...”
Y respecto a los posibles responsables del asesinato, agregó: “...
Dentro de los Estados Unidos hay corrientes muy reaccionarias,
corrientes racistas, es decir, contrarias a la reivindicación de los
derechos civiles y sociales de la población negra, gente del Ku Klux
Klan, gente que lincha, que extermina, utiliza perros, que odia con
fiereza a los ciudadanos negros de los Estados Unidos, que siente un
odio cerval, corrientes que son, naturalmente, ultrarreaccionarias... Y
un acontecimiento como el de ayer sólo podía beneficiar a estos
sectores ultraderechistas y ultrarreaccionarios... No hace muchos días
el propio representante de Estados Unidos [ante las Naciones Unidas],
Stevenson, en la propia ciudad de Dallas, fue agredido por elementos
ultraconservadores de la Asociación ‘John Birch’, y elementos
contrarrevolucionarios confabulados con ellos... Por lo pronto, sin que
nosotros afirmemos nada, porque no podemos afirmarlo, porque lo mismo
puede ser un culpable que un inocente, no podemos afirmarlo, que puede
ser un agente de la CIA o del FBI como sospecharon esta gente, que puede
ser un instrumento de los sectores más reaccionarios, que hayan estado
fraguando un plan siniestro, que hayan fraguado el asesinato de Kennedy
por inconformidad con su política internacional, como puede ser un
enfermo que esté ahora siendo utilizado por los sectores reaccionarios
de los Estados Unidos...” Y descartando la posibilidad de que fueran
elementos que simpatizaban con la Unión Soviética o con Cuba, se
preguntó: “¿Quiénes podían ser los únicos interesados en este
asesinato, acaso un hombre de izquierda de verdad, un fanático de
izquierda, en momentos en que las tensiones habían disminuido, en
momentos en que el McCarthismo estaba quedando atrás, o estaba al menos
en un situación de moderación...?”
En el mismo número de la revista Bohemia
en que se publicó lo anterior, con fecha del 27 de noviembre, se
encuentran estas palabra de Ernesto Guevara confirmado lo dicho por
Castro: “Todo hace suponer que fuerzas muy oscuras y tenebrosas se
mueven detrás de todo esto, y todo hace suponer que en los próximos
meses o años la paz del mundo estará amenazada por la oligarquía
monopolista y guerrera más feroz, más inescrupulosa, y también con la
más grande potencia de muerte que ha conocido la historia...”
No hacía Cuba ante la muerte de Kennedy otra cosa que seguir las
directivas de la KGB. El propósito era desviar la atención de los
investigadores y echarle la culpa a la CIA y a miembros del gobierno
americano. Acaba de publicarse en Inglaterra un libro con el título de The
Sword and the Shield, escrito por Chirstopher Andrew y Vasily
Mitrojin, archivero de la KGB, quien entregó a los servicios de
inteligencia ingleses material secreto que se llevó de Rusia al
establecerse en Londres en 1992. En el libro se descubre que la KGB,
cuando se investigaba en el Congreso el asesinato de Kennedy, falsificó
una carta de Oswald en la que le pedía
instrucciones a la CIA “antes de dar él o algún otro un
paso” (“Before any steps are taken by me or anyone else”). La
carta hizo su obra: la circularon entre los tontos, ingenuos y mal
intencionados que en este país se hacían, y se hacen, eco de toda
propaganda contra los EEUU, por absurda o increíble que sea, y provocó
serias dudas y confusión entre los investigadores del crimen.
Conociendo la campaña que se hizo en Cuba y en la Unión Soviética
contra el general Edwin Walker, activo anticastrista, no es difícil
adivinar que era a él a quién tenían en mente los gobernantes cubanos
por lo del crimen de Dallas. El 13 de setiembre había salido en La
Habana esta noticia: “El mariscal Rodión Malinovsky, ministro de
defensa de la URSS, lanzó una nueva advertencia sobre la necesidad de
‘permanecer vigilantes’, porque los rabiosos guerreristas de Estados
Unidos” se oponían al acuerdo sobre las armas nucleares. Y el repórter
soviético que daba esa noticia acusaba al “mayor general Walker, ex
jefe de la 24 División del Séptimo Ejército y activo miembro de la
sociedad reaccionaria John Birch...”
Confirmando el juicio de Castro y de Guevara, el 29 de noviembre el periódico
Hoy, según informó en esa
fecha Radio Habana, dio a la publicidad una entrevista de Walker que había
salido en un periódico nazi, y en son de burla lo criticaban por no
haber dado detalles “del crimen monstruoso, como por ejemplo, cuántos
dispararon contra Kennedy, cuál fue el rol de Oswald y del policía
Tippit [a quien Oswald mató], con la mayor precaución eliminados
porque sabían mucho... En su entrevista, el general Walker dijo también
que los Estados Unidos necesitaban una limpieza interior... Cierto, pero
no la clase de limpieza que él quería’, dice el periódico de La
Habana: ‘No la limpieza cuya primera víctima sería el presidente de
su país...’“
En esa Bohemia del 27 de
noviembre también aparecieron estas palabra del representante de Pravda
en Nueva York: “Los elementos más reaccionarios, los seguidores de la
sociedad John Birch, los adeptos de [Barry] Goldwater y los racistas del
general Walker construyeron su bastión en Tejas, y esto lo conoce el
pueblo norteamericano. En Dallas fue agredido recientemente el embajador
de Estados Unidos en la ONU, Adlai Stevenson, por gentes que portaban
letreros de ‘¡Abajo la coexistencia!’ ‘¡Fuera las Naciones
Unidas!’ y ‘¡Abajo el traidor Kennedy!’“
Así el candidato preferido por Moscú y La Habana para cargar con la
culpa era entonces el general Walker. Pero poco después, cuando el 7 de
diciembre se descubrió, por declaraciones de la esposa de Oswald, que
éste trató de asesinar a Walker el 10 de abril de ese año, se les cayó
el tinglado. Como explica Albert H. Newman en su libro The
Assassination of John F. Kennedy; The Reason Why (1970), esa noticia
hizo que en los próximos 10 meses no se volviera a mencionar a Walker
en Cuba, y que durante más de año y medio despareciera su nombre en
los programas de Radio Moscú (“The sole effect of the sensational
disclosure on Marxist propaganda was that as December 7, 1963, General
Walker became an unperson”).
A partir de entonces Cuba cambió de estrategia para explicar la muerte
de Kennedy. Buen resumen de ella lo constituye el largo documental
dirigido por Fabián Escalante en 1993, al cumplirse los treinta años
del asesinato. Allí se acusaba a miembros del gobierno americano, de la
Mafia y del exilio cubano como responsables. Se transmitió por Radio
Rebelde y, según la versión recogida por el Foreign
Broadcast Information Service, que
comentó el New York Times el 28 de noviembre, dijo Escalante: “Todo parece
indicar que los mismos hilos —y posiblemente las mismas manos— que
estaban en los intentos para asesinar al presidente Fidel Castro, fueron
los que llevaron a cabo el asesinato en Dallas del presidente John F.
Kennedy”. Al igual que sus maestros de la KGB, presentaba a Oswald
como agente de la CIA, acusando, además, a Lyndon B. Johnson como parte
del complot mientras movía una serie de personajes
y escenarios que rivalizan con la más ridículas películas de
misterio, falsificando hechos cuando le resultaba necesario. Y concluía:
“En realidad fue una conspiración de proporciones nacionales en la
que muchos sabían lo que iba a pasar mientras que otros se encargaron
de disparar el arma. El plan lo preparó el llamado gobierno invisible:
las transnacionales, el complejo militar industrial, el Pentágono, el
Ku Klux Klan, los petroleros de Texas, la Mafia, la CIA, el FBI y la
contrarrevolución cubana...” Y como prueba del aprecio del gobierno
de Cuba por la víctima, en un pasaje del documental, el narrador dijo
meloso y emocionado: “Los asesinos habían destruido la sonrisa amable
y el saludo cordial del reformista carismático John Fitzgerald
Kennedy...”
Insultos y amenazas
Hasta el día de su muerte, con el propósito de desprestigiarlo, la
prensa de Cuba se refería a Kennedy con varios apodos: “El
frentiestrecho”, “Yonefe”, “El blondo Fitzgerardo”. Una semana
antes de su muerte, apareció con este título una nota en Bohemia:
“Meditaciones de un frentiestrecho. La tribulaciones de Juanito
Fitzgerardo”. Y el 22 de noviembre, el mismo día de su muerte, en esa
revista leían los cubanos el siguiente comentario sobre la ley de los
Derechos Civiles, por la que tanto trabajó Kennedy, y que le dio gran
prestigio entre los líderes negros y elementos progresistas de este país:
“Juanito Fitzgerardo ha logrado con el Congreso el llamado por él
mismo un ‘compromise package’ —paquete de compromiso— que evade
la esencia del problema [negro]... El ‘avestrucismo’ es peligroso,
pero es la clase de aventura que corre la familia Kennedy, familia
blanca que no quiere dar derechos, sino un favor a los negros para ver
si logra su voto en la reelección que se avecina...”
Como prueba de la campaña de descrédito que se hacía en contra de
Kennedy, debe recordarse lo que cuenta Roberto Fernández Retamar en el
prólogo del Martí revolucionario
(1967), de Ezequiel Martínez Estrada —a principios de los años 60 en
La Habana y “al servicio de la revolución”— cuando el
conocido escritor argentino, deseando la muerte de Kennedy,
escribió este epitafio en octubre de 1962, durante la crisis de los
cohetes: “Yace en esta inmunda fosa / John Kennedy, el insensato. / No
fue un hombre: fue una cosa / Como la que deja el gato”.
Pero nadie le ganaba a Castro en insultar al presidente americano. Su
animosidad deja ver no sólo su ira, porque lo combatía, sino también
su envidia por la popularidad universal, la prestancia, el talento y la
simpatía del americano. En el discurso de Castro ante la ONU, en
setiembre de 1960, lo calificó de “analfabeto e ignorante
millonario”, obligando a Dag Hammarskjold, secretario general de la
organización, a interrumpirlo por la bajeza. Es que Kennedy resultaba
ser todo lo que Castro odiaba del mundo burgués que en su juventud él
quiso conquistar y fracasó: fue a un colegio de niños ricos donde, por
su conducta y sumisión, se ganó el aprecio de los jesuitas que lo
dirigían; fue parte de campañas dirigidas por los grupos más
reaccionarios del país ganándose la burla de los que defendían la
cultura nacional; se hizo luego abogado, se casó con una representante
de la alta burguesía, tuvo un hijo y trató de encaminarse en el mundo
de los negocios y de la política; descubrió entonces que por su
peculiar destreza más suerte iba a tener como revolucionario y con el
manejo de la violencia: las “condiciones objetivas” eran óptimas:
se las proporcionaban la corrupción y los abusos de una dictadura, y la
indolencia y las injusticias sociales que padecía buena parte de la
población.
Un extenso catálogo podría hacerse con los insultos y las amenazas de
Castro a Kennedy; véanse sólo algunos ejemplos de 1963 como muestra de
lo lejos que estaban de ese acuerdo que inventan sus admiradores. En su
discurso del 2 de enero, al celebrarse el cuarto aniversario del triunfo
de la revolución, llamó a Kennedy “pirata” por haberse reunido en
Miami con los que participaron en la acción de Bahía de Cochinos; y
dijo además: “El presidente de los Estados Unidos se comportó como
jefe de una cuadrilla de aventureros, porque, en realidad, jamás un
presidente había rebajado tanto la dignidad de su cargo como el día en
que se reunió con los criminales invasores de nuestro país... ¡No
tiene vergüenza!... Hay que decirle a Mr. Kennedy, al tramposo Kennedy,
que no duerma de ese lado”. Y al referirse a la crisis de octubre del
año anterior amenazó con estas palabras a los gobernantes de
Washington: “¡Dejen su política de agresión y habrá paz en el
Caribe! Pero que no crean que podrán atacarnos y que no nos vamos a
defender, que no piensen que vamos a rendir nuestras armas ante sus
agresiones. Todo el daño que traten de hacernos será el daño que le
haremos nosotros a ellos...”. Y concluyó: “Señor Kennedy, hay un río
de sangre entre ustedes y nosotros, entre los soldados de la revolución
y el imperio yanqui... ¡Hay mucha sangre, un abismo de sangre entre
ustedes y nosotros, señores imperialistas!”
De nuevo aparecieron las
amenazas en su discurso del 22 de febrero, en el teatro “Chaplin”,
de La Habana: “Nosotros no amenazamos”, dijo, “porque no tenemos
necesidad de amenazar. Simplemente nos defendemos, y nos defenderemos
por todos los medios posibles”. Y repitiendo las palabras del mes
anterior añadió: “¡Y todo el daño que traten de hacernos, será el
daño que trataremos de hacerles a ellos también!” Al celebrarse el décimo
aniversario del ataque al Cuartel Moncada, en su discurso del 26 de
julio, se quejó de que la Cruz Roja americana le había entregado a
Cuba 10 millones de dólares menos de lo acordado por el canje de los
prisioneros, y dijo: “¡Son unos estafadores!... Y que sirva de
ejemplo, que sea demostración ante el mundo de cómo actúa Cuba y cómo
actúa el gobierno de Estados Unidos, como actúa el rufián de
Kennedy... Es lamentable, muy lamentable que el pueblo norteamericano
tenga que pagar las consecuencias de esa política estúpida, torpe,
ruinosa. Porque este señor [Kennedy] como —por lo general los últimos
presidentes que han tenido Estados Unidos— es un jinete cabalgando de
error en error, de torpeza en torpeza...”
Y ya muy cerca del asesinato, Castro declaró ante el embajador de Brasil
y sus invitados, cuando celebraban el 7 de setiembre el Grito de
Ipiranga, la independencia de ese país: “Kennedy es el Fulgencio
Batista de estos tiempos. Es el presidente más oportunista que han
tenido los Estados Unidos en todos los tiempos... Kennedy es un cretino
y está pensando más en su reelección que en el pueblo americano...”
Y añadió la directa amenaza que muchos con razón creen movió la mano
de Lee Harvey Oswald, ansioso de servir a Castro, toda vez que salió en
la prensa de este país incluyendo el Times-Picayune,
de New Orleans, que leía Oswald, y The
Militant, el periódico trotskista, al que estaba suscrito. En el Times-Picayune
se leía: “Prime Minister Fidel Castro said Saturday night ‘United
States leaders would be in danger if they helped in any attempt to do
away with leaders of Cuba’. Bitterly denouncing what he called recent
US-prompted raids on Cuban territory, Castro said, ‘We are prepared to
fight them and answer in kind. United States leaders should think that
if they are aiding terrorist plans to eliminate Cuban leaders, they
themselves will be not safe’“.
La idea de que la muerte de Kennedy había sido una revancha de Castro
—dijo Daniel Schorr en “The Assassins”, en el New York Review of Books, el 13 de octubre de 1977— no fue
considerada por los investigadores del crimen por no haber pruebas
concretas de que Oswald tenía conocimiento de los atentados contra
Castro, pero no le hacía falta, él podía haberse enterado por los
periódicos que leía con avidez; dice Schorr: “Oswald did not need to
have such contact [con personas que sabían de los atentados] to reach
the conclusion that Castro, his hero, was being threatened and that he,
in turn, could become a hero in Cuba by responding to the threat”.

El
7 de setiembre de 1963, Castro con el embajador del Brasil y el de
Suiza. Fue en esa ocasión que amenazó de muerte a los Kennedy; le dijo
a Daniel Harker, de la Associated Press estas palabras que salieron
publicadas en periódicos de los Estados Unido: “Let Kennedy and his
brother Robert take care of themselves since they too can be the
victims of an attempt which will cause their death.” Es probable que
esa amenaza que leyó en el periódico Times-Picayune
Lee Harvey Oswald, admirador de Castro, lo moviera a asesinar a Kennedy
en Dallas, el 22 de noviembre. Por eso el presidente Lyndon B. Johnson
siempre creyó que Castro, “directa o indirectamente era responsable
del crimen”.
En otros periódicos se
dieron más detalles de sus palabras en esa ocasión, por la entrevista
con Daniel Harker, repórter de la Associated Press: “Castro warned
that U.S. leaders would be in danger if they promote any attempt to
eliminate Cuban leaders... Let Kennedy and his brother Robert take care
of themselves since they, too, can be the victims of an attempt which
will cause their death... We are prepared to fight them and answer in
kind...” En The Miami Herald
salió en primera plana la noticia con estos titulares: “Bitter Attack
on Kennedys. ‘We’ll Fight Back’, Fidel Warns U.S.”, y en un
pasaje de la noticia citan palabras de Castro, de que es un
“cretino” que se aprovecha de su situación para beneficiar a su
familia (“Kennedy is a cretin and a member of an oligarchic family
that controls several important posts in the government. For instance,
one brother is a senator and another attorney general... and there are
no more Kennedy officials because there are no more brothers”).
El 13 de setiembre los periódicos de Dallas anunciaron para el 21 de
noviembre la visita del presidente a Texas. Es curiosa coincidencia que
cuatro días más tarde, según declaraciones a la Warren Commission de
su esposa, Lee Harvey Oswald empezó a hacer ejercicios físicos, a
adiestrarse en el manejo del rifle (“dry firing”) y solicitó
permiso para ir a México, y el 25 se fue allá con el propósito de
obtener visa para viajar a Cuba.
La trampa y la violencia
Fue una torpeza de Castro haber hecho esa amenaza en la fiesta de la
embajada del Brasil. Siempre ha tratado de disculparse diciendo que
fueron mal interpretadas sus palabras. Cuando visitó Cuba la delegación
del Senado que investigaba la muerte de Kennedy, según su informe final
publicado en 1979, Castro le dijo que esas palabras no podían tomarse
como una amenaza suya, sino que eran generalidades para condenar
actividades de esa naturaleza contra dirigentes de otros países;
transcribe ese escrito, traducida al inglés, su confusa explicación:
“I did not mean to threaten by that. I did not mean even that... not
in the least... but rather... that to set those precedents of plotting
the assassination of leaders of other countries would be a very bad
precedent... I didn’t mean a threat by that. I didn’t say it as a
threat. I did not mean by that that we were going to take measures
—similar measures— like a retaliation for that... So the
conversation came about very casually, you know...” Pero, como se ha
visto, Castro mencionó de manera bien clara, por sus nombres, al
presidente Kennedy y a su hermano, que tenían que cuidarse, porque era
posible que le pasara a ellos lo que planeaban contra dirigentes
cubanos.
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En
el ataúd, arriba, se lee como en una adivinación: “MR. KENNEDY
LIES HERE. CUBAN REVOLUTION KILLED HIM” (“El Sr. Kennedy
descansa aquí. Lo mató la revolución cubana”). Pasearon el ataúd
por las calles de La Habana durante los actos del primero de enero
de 1962 (Página de la revista Bohemia
del 7 de enero de ese año).
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No estaban en antecedentes los miembros de esa comisión senatorial, o no
quisieron darse por enterados, de las reiteradas amenazas, semejantes a
ésa, que ya había hecho Castro, y de las cuales se han dado aquí
algunos ejemplos. Se disculpó diciendo también que no podía ser una
amenaza toda vez que se estaba produciendo un acercamiento entre
Washington y La Habana; les dijo que “it would have been to his
advantage to have pursue the prospect for better relations that had been
portended”. Pero ¿cómo puede hablar de que en esos momentos había
un contacto favorable con Washington cuando sabía que le preparaban un
atentado? En ese mismo sábado 7 de setiembre un alto funcionario del
gobierno cubano, el comandante Rolando Cubela, estaba reunido en Europa
con Desmond Fitzgerald, de la CIA, íntimo amigo de Robert Kennedy, para
ese fin; y Castro estaba avisado de que el primer contacto entre Cubela
y la CIA tuvo lugar precisamente en Sâo Paulo, en el Brasil, cuya
embajada escogió para hacer la amenaza.
Desde que empezó su más virulenta campaña en contra de los Estados
Unidos, Castro gustaba referirse a la fábula El
tiburón y las sardinas, de Juan José Arévalo, que llevaba como
subtítulo América Latina
estrangulada. Había circulado ese libro en toda Latinoamérica en
numerosas ediciones, desde la de Santiago de Chile, de 1956, y de Buenos
Aires, de 1959, hasta que empezó a publicarse en grandes tiradas en La
Habana, por la Imprenta Nacional de Cuba, en 1960. Es una denuncia de
los Estados Unidos (el tiburón) por sus atropellos de los países
latinoamericanos (las sardinas). La traducción del libro, por June Cobb
y Raúl Osegueda, con el título The
Shark and the Sardines, se publicó en Nueva York en 1961. En el prólogo
le advertía Arévalo al lector americano: “In your hands you hold a
controversial book, a book that speaks out against your State
Department’s dealings with the peoples of Latin America during the
Twentieth Century... This book was written with indignation... It
denounces the existence of the terrible syndicate of millionaires... It
denounces the subordination of the White House to this syndicate... This
book, friends of the North, has been read all over Latin America. Read
it now, yourselves, and accept it as a voice of alarm addressed to the
great North American people who are still unaware of how many crimes
have been committed in their name”.
Como era bien conocido de los cubanos, Castro citaba con frecuencia en
sus discursos el simbolismo del tiburón y las sardinas. Antes de la
crisis de los cohetes, en su discurso el 11 de setiembre, dijo
amenazador: “Todas las medidas que han tomado contra nosotros han sido
inútiles, y no queremos que den el disparatado y estúpido paso de
invadirnos. La imagen del tiburón y la sardina ya no se aplica aquí.
Ya no somos sardinas. Que el tiburón no se equivoque. Que no se
equivoque el tiburón porque quizás ésa sea su última equivocación...”
Y ya más cerca de la crisis, el 10 de octubre, con motivo del regreso a
La Habana del presidente Dorticós, que venía de las Naciones Unidas,
dijo Castro que siempre se hablaba de que el tiburón se comía a la
sardina, pero que en esos momentos el tiburón le tenía miedo a la
sardina: “Ahora cree el tiburón que la sardina se lo quiere comer...
Nosotros no somos el tiburón, pero tampoco somos la pequeña
sardina...” Y el día 23, como respuesta al bloqueo naval ordenado por
Kennedy, en una entrevista televisada advirtió que Cuba repelería la
agresión: “La gente tiene que saberlo. Tenemos los recursos para
repeler un ataque directo. Más claro ni el agua...” Y volviendo a la
fábula añadió: “¡Parece increíble que ahora, en su obsesión, los
imperialistas inventan ese miedo a Cuba. El tiburón está asustado y
está llamando a las otras sardinas [los países latinoamericanos] para
tratar de comerse la antigua sardina, Cuba...”
Pero los comentarios de Castro sobre la fábula del tiburón y las
sardinas que más interesan aquí son los que hizo en su discurso del 11
de abril de 1963. Hablaba de los dirigentes latinoamericanos que
actuaban contra los intereses de Cuba, y al referirse a Juan José Arévalo,
quien había sido presidente de Guatemala entre 1945 y 1951, se
preguntaba: “¿Quién es Arévalo?” Y respondió censurándolo
porque había visitado a Batista a raíz del golpe de Estado, del 10 de
marzo, pero agregó: “Este individuo había escrito un buen libro en
contra del imperialismo, titulado El
tiburón y las sardinas... Considerando el valor objetivo del libro
quisimos en una ocasión que nos autorizara reproducirlo aquí, pero...
como él es un oportunista se negó a contestarnos. Y tuvimos que
publicarlo sin su permiso...”
Desde muy joven Lee Harvey
Oswald leía mucho. Se sabe que leyó Das
Kapital y The Communist
Manifesto, de Marx, cuando tenía quince años, y luego
Mein Kampf, de Hitler, Profiles
in Courage, de Kennedy, Animal
Farm, de Orwell y Leaves of Grass, de Whitman, además de novelas de misterio y de ciencia
ficción. Y no se perdía palabra escrita de Castro. Leyó también la
vida de Mao, Portrait of a
Revolutionary, de Robert Payne, The
Huey Long Murder Case, de Hermann Deutsch, Portrait
of a President, de William Manchester. De la biblioteca de Dallas
sacó, según cuenta Edward
Jay Epstein en Legend: The Secret
World of Lee Harvey Oswald (1978), con libros marxistas y
trotskistas, The Shark and the Sardines, de Arévalo. En éste encontró exacto
el mensaje antiimperialista que suscribía Castro, y la receta para
detener los excesos de los Estados Unidos en Latinoamérica. En no muy
feliz traducción allí se lee: “Central and South Americans take
pride in having a military class of men who do not know what it means to
turn a deaf ear. In the Army we never lack Colonels or Generals ready to
clean out the Houses of Government... I ask myself why not turn to the
military men of the United States and let them finish once and for all
with this putrefaction of the juridic and the civil that roll around
together with the mercantile in the den of the under world?... In the
Army of the United States are there not... power hungry Colonels with
bull-fighting blood in their veins?... A purgative treatment a la Latino
Americano should be given to the bankers, industrialists, statesmen
and publishers...” (La edición original, también con no muy cuidada
prosa, dice: “Los centroamericanos y los sudamericanos nos
enorgullecemos de contar con una clase armada donde se guarecen hombres
que no saben poner oídos sordos. Nunca nos faltan dentro del Ejército
coroneles o generales dispuestos a limpiar la Casa de Gobierno... ¿Por
qué —me pregunto yo— por qué no acudir a los militares de Estados
Unidos para que terminen de una vez con esa putrefacción de lo jurídico
y lo civil que se revuelcan con lo mercantil en la madriguera del
hampa?... ¿Es que no hay dentro del ejército de los Estados Unidos...
coroneles famélicos de sangre torera?... La trenza asquerosa que han
hecho banqueros, industriales, estadistas y publicistas... debiera
merecer un tratamiento purgativo estilo latinoamericano”).
Y Arévalo termina su libro con el ejemplo de un militar que denunció
los abusos de los Estados Unidos; se trataba del general Smedley D.
Butler, de la marina americana, oficial de mayor graduación en 1934. El
general Butler dejó escrito una especie de testamento en el que se
confesaba, por su actuación en Nicaragua, la República Dominicana y
China, entre 1909 y 1927, haber sido “un matón del capitalismo”. Y
comenta Arévalo sobre la actitud de Butler: “Con toda seguridad que
éste sería uno de los pocos generales disponibles en Estados Unidos
para una aventura subversiva que fuese a barrer la Casa Blanca...” No
es difícil imaginar la reacción de Lee Harvey Oswald, también marino,
como su admirado hermano Robert Oswald, y como el general Butler, en su
fervor por Castro, al leer estos juicios y recomendaciones, para
“barrer la Casa Blanca”.
La culpa posible
La biografía de Castro no habla en favor de su incapacidad para
realizar, o al menos para dirigir actos de violencia como la muerte del
presidente americano, ni en sus años en el gangsterismo universitario,
ni como guerrillero en la Sierra Maestra, ni cuando ocupó el poder. La
peligrosidad de un enemigo desaparece haciendo desaparecer al enemigo:
en el argot de la delincuencia, “madrugándolo”. Ya cuando Sartre
visitó La Habana, a principios de 1960, ante la explosión del barco La
Coubre, Castro, acusando a la
CIA de sabotage, le confesó que la eliminación de un adversario,
aunque no inevitable, convenía disponerse a realizarla (“The
extermination of the adversary and of several allies is not inevitable,
but it is prudent to prepare for such an event” [Sartre
on Cuba, 1961]).
No fue otro que ese juicio el que lo llevó pedirle a Jruschov, cuando la
crisis de los cohetes que, para evitar la invasión que preparaban los
Estados Unidos, convenía dispararles primero una bomba atómica
—también por ese disparate dijo que Jruschov había entendido mal su
mensaje, por una pobre traducción; éste le escribió el día 30: “En
su cable del 27 de octubre Ud. nos propuso que fuéramos los primeros en
asestar el golpe nuclear contra el territorio enemigo”; y en la versión
que ha dado Cuba de ese escrito, en
Con la razón histórica y moral de Baraguá. 1962. Crisis de Octubre
(1990), se lee confuso el mensaje: “... Si ellos llegan a realizar un
hecho tan brutal y violador de la ley y la moral universal, como invadir
a Cuba, ése sería el momento de eliminar para siempre semejante
peligro, en acto de la más legítima defensa, por dura y terrible que
fuese la solución, porque no habría otra...” Y todavía el 31 de
octubre trata de arreglar el asunto, y le escribe a Jruschov, según esa
misma fuente: “Yo no sugería a usted, compañero Jurschov, que la
URSS fuese agresora... sino que desde el instante en que el imperialismo
atacara a Cuba... se les respondiera con un golpe aniquilador...”
Ante la actitud agresiva de Castro contra Kennedy, y por la infame opinión
que de él tenía, se preguntaba Georgi Anne Geyer en su libro Guerrilla
Prince; The Untold Story of Fidel Castro (1991), al analizar la
responsabilidad del cubano en el crimen de Dallas: “Was Castro to
blame? He heatedly insisted to me in interviews in 1966 that he had had
no hand at all in Kennedy’s death. And, as always, he vowed his
friendship for the young American president. Part of this —at least—
was false. The picture he drew of how much he ‘liked’ Kennedy was
cynically calculated and far from true. Castro in truth hated John F.
Kennedy. In his speeches, Castro made Kennedy into a monster. Billboards
all over Havana deride and abused Kennedy...”
Poco antes de su muerte, Lyndon B. Johnson, en una entrevista con Mariane
Mean publicada en abril de 1975, le aseguró que la animosidad de Castro
contra Kennedy actuó directa o indirectamente en Oswald al cometer su
crimen (“Either under the influence or the orders of Castro”). Por
su parte Joseph A. Califano, biógrafo de Johnson, asegura en The
Triumph and Tragedy of Lyndon Johnson (1991) que el expresidente le
hizo esa misma confesión (“As he told me, ‘Presidente Kennedy tried
to get Castro, but Castro got Kennedy first’“). Y Alexander M. Haig,
en Inner Circles; How America Changed the World. A Memoir (1992),
confirma ese juicio de quien mejor que nadie estuvo enterado de la
investigación del asesinato (“The fact of the matter is that Lyndon
Johnson bilieved then, and believed until the day he died, that Fidel
Castro was behind the asassination of John F. Kennedy”). Al determinar
su responsabilidad en el crimen, aunque fuera indirecta, seguía Johnson
el dicho latino que concluye que quien actúa por otro actúa por sí:
“Qui facit per alium facit per se”. Donald E. Schulz en su artículo
“Kennedy and the Cuban Connection”, en el número 26 de Foreign
Policy (1977), concluye también que las amenazas de Castro podían
haber movido a algunos de sus seguidores a matar al presidente: “It is
not inconceivable that Cuban security agents or others sympathetic to
the regime, inspired perhaps by Castro’s rhetoric and threats to North
American leaders, may have taken it upon themselves to ‘eliminate’
the president”.
Por ese convencimiento de Johnson, y ante la posibilidad de que llegara
el pueblo americano a tener esa misma opinión, lo que haría necesaria
una guerra, como cuenta Anthony Summers en su libro Conspiracy (1980), le impuso a Earl Warren la tarea de dirigir la
investigación del crimen (“‘If certain rumors were not stopped’,
said Johnson, ‘they could lead the United States into a war which
could cost forty million lives’. He was more specific than that.
Johnson said: ‘If the public became aroused against Castro and
Krushchov, there might be war’“). Y quizás temiendo que Castro
practicara con él una medida semejante a la que creía empleó con
Kennedy, al poco tiempo de tomar posesión de la presidencia, según el
propio Califano —aunque no completa verdad—, suspendió las
actividades para derrocar a Castro (“Shortly after Johnson became
President, he ordered a stop to all covert activity to eliminate or
overthrow Castro”). Un proverbio chino dice: “Mata a uno y siembra
el terror en cien mil”.
Según el Final Report of the
Select Committe to Study Governamental Operations with Respect to
Intelligence Activities (1976) había en el gobierno americano
fuerzas poderosas que por diversos motivos querían esconder la
responsabilidad de Cuba en el crimen (“the Cuban Connection”): así,
desde el Ministerio de Justicia, Nicholas Katzenbach le escribió al
asistente de la presidencia Bill Moyer, el 25 de noviembre, tres días
después de la muerte de Kennedy, que toda especulación sobre lo que
motivó a Oswald al asesinato debía suprimirse, y que había que
encontrar razones para negar que el crimen se debió a una conspiración
comunista (“Speculation about Oswald’s motivation should be cut off,
and we should have some basis for rebutting the thought that this was a
Communist conspiracy”).
Con su disposición a la violencia también probaba Castro su fidelidad
al credo marxista-leninista; había dicho Lenin sobre la relatividad de
los valores morales entre los revolucionarios: “Nosotros medimos la
moral en función de los hechos y de las necesidades de la lucha de
clases del proletariado. Todo acto, no importa cuál sea su naturaleza,
será moralmente bueno o moralmente malo de acuerdo que sirva o no sirva
al triunfo de la causa del comunismo”. Por ese motivo en su discurso
de 1956, en el XX Congreso del Partido Comunista, sobre los crímenes de
Stalin, se preguntaba Jruschov: “¿Puede decirse que Lenin no empeló
las medidas más severas contra los enemigos de la revolución cuando
eran necesarias?” Y se respondió: “Vladimir Ilich, cuando fue
necesario, recurrió de manera violenta a esos métodos...” Y son bien
conocidos los crímenes de Stalin, llevado también del mismo fervor
leninista, desde Kirov hasta Trotsky, pasando por la famosa “bolshaia
chitska”, la “gran purga”, entre los años 1935 y 1938.
Al tratar de la responsabilidad directa o indirecta en un asesinato, como
la de Castro con Kennedy, viene a la memoria la historia de Thomas
Becket, el arzobispo de Canterbury, del siglo XII, tal como la
interpretaron para el teatro Albert Tennyson en Becket,
(1884), T. S. Elliot, en Murder in
the Cathedral (1934) y luego el francés Jean Anouilh en Becket ou l’honnerur de Dieu (1959): el enfrentamiento de dos
orgullos y la muerte por la envidia que le tenía al futuro santo su
antiguo protector y amigo el rey Henry II; en una de las escenas de este
drama, de las más logrados en el teatro moderno, el monarca, junto a un
grupo de sus cortesanos, en un momento de desesperación, clama contra
Becket cuya noble conducta le hace la vida imposible: “Mientras viva
no podré hacer nada. Y yo soy el rey...” Y se pregunta: “¿Nadie me
puede librar de Becket? ¿No hay a mi lado más que cobardes como yo? ¿No
hay un hombre valiente en Inglaterra...?” (“Tant qu’il vivra, je ne pourrai jamais rien. Et je suis
roi! Personne ne me délivrera donc de lui? Il n’y a donc que des lâches,
comme moi, autour de moi? Il n’y a donc plus un homme, en
Angleterre?”) Y, por supuesto, cuatro de los cortesanos que le oyen la
queja, y su orden implícita, van al templo donde Becket se dispone a
celebrar los oficios religiosos, y lo asesinan. Le habían aconsejado
sus amigos que huyera, pero con la resignación del “fatum” de la tragedia les respondió: “Es necesario
que lo que tiene que ser, se haga” (“Il faut que ce qui doit être
fait soit fait”)... Los consejeros de Kenneddy también le advirtieron
del peligro de su último viaje, y aún en el aereopuerto, antes de
salir en la caravana que lo llevaría a la muerte, en la Dealy Plaza, de
Dallas, con su esposa, volvieron a prevenirlo, pero él insistió en
cumplir su destino.
La “acomodación”
La “accomodation” entre Kennedy y Castro, de que habla el artículo
de Cigar Aficionado, quiere
decir, con el significado correcto de la palabra, tanto en inglés como
en español derivada del latín: ad=hacia,
cum=con y modus=medida; es decir, moverse hacia lo que queda justo o cómodo.
Para tener un mínimo de comodidad en sus nuevas posiciones, por los
obligados ajustes, tanto habrían cambiado las dos figuras, que Castro
hubiera dejado de ser Castro y Kennedy de ser Kennedy. Lo que los
separaba no era lo accidental sino su misma esencia: Castro, con su amor
al poder que le garantizaba el marxismo-leninismo, defensor del gobierno
totalitario, consagrado a los movimientos subversivos de América Latina
y del resto del mundo, seguro de que el capitalismo era el mal que había
que erradicar y que su misión era destruirlo; y Kennedy, capitalista,
demócrata, liberal, amante de los derechos consagrados por la
Constitución americana, de la libre empresa, del individualismo y
convencido, a su vez, de que los Estados Unidos tenían la obligación
irrenunciable mantenerse a la cabeza del mundo y liquidar el peligro
comunista. Dos cruzados con misiones opuestas, pero seguros de que sus
creencias autorizaban una peligrosa variedad de medios para lograr sus
fines.
Sólo desconociendo cuanto había sucedido, y sucedía, entre Cuba y los
Estados Unidos, o dándole una interpretación caprichosa a los hechos,
se puede afirmar que Castro y Kennedy estaban en noviembre de 1963 acercándose
a un entendimiento. De ignorar o esconder lo sucedido se puede acusar al
artículo de Peter Kornbluh en Cigar
Aficionado. Está allí sólo una pequeña parte de la verdad, la
que le conviene al autor, y se seleccionan los datos de manera
arbitraria, aun en los documentos en cita, para presentar a Kennedy y a
Castro acercándose a un feliz ayuntamiento. No, no era todo metáfora
la afirmación de Castro, a principios de ese año, de que los separaba
“un abismo de sangre”: la que había hecho derramar Castro y la que
se había derramado para impedirle que siguiera derramándola.
Para entender lo que separaba a las dos figuras, junto a lo que se ha
visto, se impone asimismo relacionar, aunque sea en breve selección, la
actividad de los Estados Unidos y de Cuba en defensa de sus intereses.
Se puede empezar en el año 1961 con el rompimiento de relaciones entre
los dos países, la inauguración de John F. Kennedy como presidente y
la fracasada acción en Bahía de Cochinos que tanto lo abatió;
seguirse en 1962 con el descubrimiento de armas soviéticas en el
desfile del primero de enero, para llegar a la crisis de los cohetes en
el mes de octubre y su retirada de la isla, que tanto humilló a Castro;
y culminar en 1963, año del acercamiento entre Moscú y Washington, el
enfriamiento de las relaciones entre La Habana y la Unión Soviética y
el asesinato de Kennedy.
Dos días después de romper relaciones, ante el Consejo de Seguridad de
la ONU, el 5 de enero de 1961, Raúl Roa denunció “la política de
hostigamiento, represalia, agresión, subversión, aislamiento,
intervención e inminente ataque de Estados Unidos contra el gobierno y
el pueblo cubano”. El 17 se prohibió a los americanos viajar a Cuba,
y ya el 30, a los diez días de empezar su presidencia, Kennedy
denunciaba la penetración de Cuba en Latinoamérica —una de las más
constantes preocupaciones de su administración; dijo: “In Latin
America, Communist agents seeking to exploit that region’s peaceful
revolution of hope have established a base on Cuba, only 90 miles from
our shores. Our objection with Cuba is not over the people’s drive for
a better life. Our objection is to their domination by foreign and
domestic tyrannies”.
Como preludio a la invasión
en Bahía de Cochinos, el 15 de abril aviones B-26 piloteados por
cubanos del exilio bombardearon varios aeropuertos de la isla; al
siguiente día Castro declaró el carácter socialista de la revolución,
y el 17 se produjo el desembarco, por el que en Cuba fueron arrestados
cerca de un cuarto de millón de sospechosos. Ante el fracaso de aquella
acción, el día 19 Robert Kennedy le envió un memorándum a su hermano
en el que le recomendaba actuar contra Cuba antes de que los soviéticos
establecieran allí bases militares (“If we don’t want Russia to set
up missile bases in Cuba, we had better decide now what we are willing
to do to stop it... Something forceful and determined must be done...
The time has come for a showdown for in a year or two years the
situation will be vastly worse...”). Según el libro de Arthur
Schlesinger, Robert Kennedy and
his times (1978), Robert Kennedy quería
enviar tropas a Cuba e imponer un bloqueo completo de la isla.
Pero en ese mismo día, el 19 de abril, una carta de Jruschov le
aseguraba al presidente que Rusia no pretendía aprovecharse de Cuba, y
que no tenían allá, ni tendrían en el futuro, ninguna base militar.
A partir de ese fracaso, según Seymour M. Hersh, en The Dark Side of Camelot (1997), los hermanos Kennedy se empeñaron
más en la eliminación de Castro; allí se lee: “Jack and Bobby
Kennedy were more than merely informed about the CIA’s assassination
plotting against Prime Minister Fidel Castro of Cuba: they were its
strongest advocates. The necessity of Castro’s death became a
presidential obsession after the disastrous failure of the Bay of Pigs
invasion in April 1961, and remained an obsession to the end”. En su
libro Times to
Remember (1974), Rose Kennedy, la madre, cuenta que tanto Jack como
Bobby estuvieron todo ese día al habla con el padre, y que cuando le
preguntó a éste cómo estaban sus hijos, le contestó “dying...
after the Cuban debacle...”; y añade la señora: “Jackie walked
upstaris with me and said he’d [John F.] been so upset all day. Had
practically been in tears, felt he had been misinformed by CIA and
others... She had never seen him so depressed except at time of his
operation...” Como resultado de ese fracaso, Kennedy le encargó al
general Maxwell Taylor que lo asesorara respecto a futuras operaciones
militares de semejante naturaleza, y el general le informó el 13 de
junio que no era posible a la larga tener a Castro de vecino y que la
actividad subversiva de Cuba constituía una verdadera amenaza para el
continente.
En septiembre llegaron a Cuba mayores embarques de armas soviéticas, y
con ellas técnicos militares checos y rusos para entrenar a los cubanos
en su manejo. El 6 de octubre Carlos Lechuga denunció ante la ONU las
maniobras de los Estados Unidos para que los países latinoamericanos
rompieran relaciones con Cuba. El 30 de noviembre Kennedy autorizó la
operación “Mangoose” (mangosta), bajo la dirección de su hermano,
para derrocar el gobierno de Castro: según el informe del Congreso
americano Alleged Assassination Plots Involving Foreign Leaders (1975), la
CIA, con la supervisión de un grupo especial, creó una Task Force la
cual, con un presupuesto de 50 millones de dólares al año, empleó en
Miami a unos 400 agentes norteamericanos y a unos 2 mil cubanos para
entorpecer las actividades comerciales de la isla, realizar sabotajes, y
frenar la injerencia de Cuba en Latinoamérica.
La crisis de octubre
En 1962, con motivo del aniversario del triunfo de la revolución, el dos
de enero, se vieron en el desfile de La Habana numerosos tanques,
camiones con rockets y otras armas; se supo entonces también que Cuba
ya estaba en posesión de 60 aviones de guerra, casi todos MiG-15, de
algunos de los más avanzados MiG-17 y hasta varios MiG-19, además de
una flotilla de helicópteros. Al día siguiente el Departamento de
Estado americano hizo público un informe presentado en la OEA el mes
anterior, donde se concluía que Cuba representaba “a bridgehead of
Sino-Soviet imperialism and a base for agitation and subversion within
the inner defense of the Western Hemisphere”; y ese mismo 3 de enero
el Vaticano hizo pública la excomunión de Castro y otros gobernantes
de Cuba por haber expulsado del país a un grupo de religiosos. Como
respuesta a un plan de la “Operation Mangoose” para provocar un
levantamiento en la isla, el 19 de enero se reunió Robert Kennedy con
su Special Group y, según notas del representante de la CIA en dicha
reunión, publicadas en el informe del Congreso en 1975, antes citado,
allí se concluyó que no se debían escatimar esfuerzos para derrocar a
Castro (“Overthrow of Castro is posible. A solution to the Cuban
problem today carried top priority in U.S. Government. No time, money,
effort —or manpower is to be spared. Yesterday... the President
indicated to Robert Kennedy that the final chapter had not been written
—it’s got to be done and will be done”). El 28 de enero la prensa
cubana informó haber descubierto una banda de saboteadores financiada
por la CIA que trató de paralizar el transporte urbano inutilizando sus
motores con productos químicos y minas magnéticas. El 31 expulsaron a
Cuba de la OEA, en cuya reunión, en Punta del Este, Uruguay, el
presidente de la delegación cubana había denunciado las agresiones de
los Estados Unidos contra Cuba.
A fines de abril y principios de mayo se perfilaron los planes de
Jruschov para situar misiles en Cuba y enviar un gran contingente de
tropas a la isla; fue a Cuba una representación soviética para
arreglar el asunto con Castro, quien le dio el visto bueno al plan. Era
una respuesta al temor que tenía Jruschov de que los americanos
invadieran a Cuba: cuando se reunió con Kennedy, a mediados de 1961, éste
le dijo que los soviéticos habían resuelto favorablemente el problema
de Hungría en 1956, pero que los Estados Unidos no habían tenido la
misma suerte con Cuba, en Bahía de Cochinos. Y no fue otro el
comentario que le hizo a principios de 1962 Kennedy al director de Pravda,
Alexei Adzhubei, al visitarlo en la Casa Blanca. Según cuenta Carlos
Lechuga en su libro, antes citado, a raíz de su viaje a Washington,
Adzhubei fue a La Habana y le contó a Castro lo dicho por Kennedy, y
luego se lo repitió en Moscú a su suegro, Jruschov, y de ahí surgió
la idea de defender la isla con proyectiles nucleares.
A mediados de mayo de 1962 los Estados Unidos llevaron a cabo en el
Caribe una serie de ejercicios militares que tanto Cuba como Rusia
interpretaron como práctica para la invasión. En julio aviones
norteamericanos de reconocimiento descubrieron barcos llegando a Cuba
con cargamentos que hacían sospechar llevaban avanzados equipos de
guerra. En su discurso por el 26 de julio dijo Fidel Castro que no había
peligro de una nueva invasión de mercenarios del exilio, pero que el
presidente Kennedy se había decidido a invadir la isla para derrocar su
gobierno. El 23 de agosto Kennedy aprobó otro plan de la operación
Mangoose para eliminar a Castro, “lo más pronto posible”. Seis días
más tarde, el 29, un avión U-2 de reconocimiento descubría los
cohetes en Cuba. En una conferencia de prensa, el 13 de setiembre,
Kennedy dijo que Castro
agitaba a la población cubana acusando a los Estados Unidos de preparar
una invasión, que no se iba de realizar en esos momentos, pero que si
llegaba a probarse que la presencia soviética en la isla constituía
una amenaza contra la seguridad del país, se iba a hacer
lo necesario para proteger el territorio americano y el de sus
aliados (“Then this country will do whatever must be done to protect
its own security and that of its allies”). El 20 de setiembre el
Senado autorizó a Kennedy a usar fuerzas militares también para apoyar
las aspiraciones del pueblo cubano a decidir libremente su destino
(“To support the aspirations of the Cuban people for a return to
self-determination”).
Las crisis de octubre se inicia cuando los Estados Unidos comprueban que
la Unión Soviética tenía armas en Cuba que amenazaban a los EEUU. El
22 Kennedy ordenó el bloqueo naval de la isla exigiendo la retirada de
los cohetes. El 26, como se dijo antes, Castro le pidió a Jruschov que
ordenara un ataque nuclear contra los Estados Unidos. El 28 Jruschov,
sin embargo, aceptó la propuesta de Kennedy de retirar los cohetes si
le prometía no invadir la isla. Según la relación del National
Archives, de Washington, en la Internet, de la que se toma aquí buena
parte de la información (The
Cuban Missile Crises, 1962. A Chronology of Events (www.gwu.edu /
nsarchiv/nsa / cuba_ mis_cri / cmcchron3.html), Castro enfurecido,
denunció al premier soviético acusándolo de cobarde (“In Havana
Fidel Castro who was not consulted or informed of the decision
beforehand, reportedly goes into a rage upon hearing of the Soviet move,
cursing Jruschov as a ‘son of a bitch, bastard, asshole’. And a few
days later, Castro will publicly state in a speech at the University of
Havana that Jruschev lacked ‘cojones’ [balls]”). No deja de haber
ahí una coincidencia entre Kennedy y Castro: es curioso que, por su
parte, ante la retirada de los cohetes, según cuenta el libro de
Seymour M. Hersh, Kennedy, feliz y adulado por el triunfo, se
vanagloriaba entre sus amigos de haber castrado al ruso: “Jack Kennedy
accepted the nation’s adulation as a peacekeeper, while remaining
eager to tell his friends that he’d ‘cut off Khrushchev’s
balls’“. El primero de noviembre llegó a La Habana Anastas Mikoyan:
Castro, al principio, furioso en su humillación, se negó a recibirlo,
pero lo convence el embajador soviético quien le prometió, para
tranquilizarlo, que permanecería en la isla, para su protección, una
brigada soviética de combate.
En ese mismo día, primero de noviembre, Adlai Stevenson informó a
Kennedy que los representantes de la ONU que fueron a Cuba le habían
dicho que las relaciones entre Castro y los rusos eran muy malas
(“unbelievably bad”). Por los bombarderos IL-28 aún en Cuba, los
Estados Unidos entiendieron que violaban el acuerdo de paz y que
constituían un peligro para su seguridad, y así se prepararon de nuevo
a invadir la isla: el 16 de noviembre Kennedy se reunió con los Joint
Chiefs of Staff quienes le informaron tener listos 100 mil soldados, 40
mil marinos, 14 mil paracaidistas, 550 aviones y 180 barcos para atacar
a Cuba. A pesar de la resistencia de Castro, Jruschov accedió también
a retirar de Cuba los IL-28, por lo que el 20 de noviembre Kennedy
suspendió el bloqueo, y en la conferencia de prensa de ese día aclara
que su compromiso debe entenderse en función de que Cuba no exporte su
revolución (“... if Cuba is not used for the export of aggressive
Comunist purposes...”); y le escribe el 21 a Jruschov y le asegura que
ya no habrá invasión puesto que las cosas iban tomando un curso
favorable (“There need be no fear of any invasión of Cuba while
matters take their present favorable course”). El 22 le contesta
Jruschov con una larga carta en la que opina que Castro y los suyos son
muy “españoles”, por susceptibles (“They are young, expansive
people —Spaniards in a word, to use it far from a pejorative
sense”). El 29 de noviembre, sin embargo, Kennedy le pide al
Departamento de Estado que prepare un plan a largo plazo para continuar
la presión sobre Castro (“Kennedy directs the State Department to
prepare a long-range plan to ‘keep pressure on Castro’“).
Acuerdos y desacuerdos
Aprovechándose de los convenios entre los dos países, el 19 de
diciembre Jruschov le escribió a Kennedy sugiriéndole suspender las
pruebas nucleares (“The time has come now to put an end once and for
all to nuclear tests... With the elimination of the Cuban crisis we
relieved mankind of the direct menace of combat use of lethal nuclear
weapons that impended over the world. Can’t we solve a far simpler
question —that of cessation of experimental explosions of nuclear
weapons in the peaceful conditions?”). Por medio de conversaciones
posteriores Washington y Moscú firmaron meses más tarde el tratado
limitando esas pruebas, pero Castro, con China y sus satélites, se
negaron a suscribirlo. Las relaciones entre los Estados Unidos y la Unión
Soviética llegaron así, después de muchos años de fricciones, a su
mejor momento.
El 29 de diciembre Kennedy fue ovacionado en el Orange Bowl, de Miami,
cuando en un discurso ante la brigada de Bahía de Cochinos, criticó la
dictadura de Castro y le prometió a sus miembros devolverles, en una
Cuba libre, la bandera que le habían regalado (“Castro and his fellow
dictators may rule nations, but they do not rule people. They may
imprison bodies, but they do no imprison spirits. They may destroy the
exercise of liberty, but they cannot eliminate the determination to be
free... I can assure you that this flag will be returned to this brigade
in a free Cuba”).
Avisados del disgusto entre La Habana y Moscú, y con la esperanza de
aprovecharse de él, por sugerencia de McGeorge Bundy, en el Consejo
Nacional de Seguridad, según el informe del Senado sobre las Alleged Assassinations..., el 4 de enero de 1963 se habló de la
posibilidad de un arreglo con Castro —tiempo después Bundy aclaró
que esa posibilidad se convirtió, a partir de entonces, en tema
frecuente al tratar los asuntos de Cuba, pero que no detuvo nunca los
planes de combatir a Castro por la fuerza (“Nonetheless, U.S. policy
toward Castro vacillates considerably in the months after the missile
crisis. Even as secret approaches to Castro are being weighed, the
Kennedy administration also contemplates Pentagon proposals for military
action against Castro, as well as a wide range of economic and covert
programs to weaken the Castro government”).
El tratar sobre acercamientos con La Habana era también una respuesta a
los ambiguos mensajes que Castro circulaba sobre la posibilidad de
separarse de la Unión Soviética; su propósito era
disponerla a una ayuda militar y económica más efectiva: una
especie de chantaje. Aunque los EEUU y la URSS presentan ante la ONU el
acuerdo a que han llegado, Cuba se niega a aceptarlo si no se concedían
los “5 puntos” que Castro había pedido el 28 de octubre del año
anterior, que eran: suspensión del embargo, impedir agresiones armadas
desde los EEUU, asimismo impedir las que se iniciaran en bases
americanas o en Puerto Rico, terminar con los vuelos de vigilancia sobre
el territorio cubano y que los EEUU le devolvieran a Cuba la base de
Guantánamo.
Por su parte, el 11 de enero Dean Rusk, quien le había recomendado a
Kennedy bombardear el sitio de los cohetes, le aseguró al Senado que, a
pesar del acuerdo Kennedy-Jruschov, los EEUU no tenían compromiso de no
invadir Cuba (“[Los Estados Unidos] never made an unadorned commitment
not to invade Cuba... [y que lo harían] if Castro were to do the kind
of things which would from our point of view justify invasion”). Poco
después el diputado del Ministro de Asuntos Exteriores de la Unión
Soviética, Vasily Kuznetsov, le pidió a Kennedy garantías de que no
iban a invadir a Cuba, pero Kennedy se negó a dárselas.
En el Discurso de Clausura ante el
Congreso de mujeres de toda América, el día 15 de enero,
ampliamente divulgado con el mayor gusto por las Ediciones en Lenguas
Extranjeras, de Pekín, también disgustado con los soviéticos, Castro
castigó duramente a Moscú y a sus dirigentes “burgueses” que ponían
en duda el camino de Cuba frente al imperialismo; los llamó “teóricos
trasnochados” que con “falsas interpretaciones de la historia
tienden a crear ese conformismo que tan bien le cuadra al imperialismo,
que tiende a crear la resignación y el reformismo y esa política de
esperar por las calendas griegas para hacer revoluciones... Claro, ellos
[los Estados Unidos] desean que no se mueva un dedo en la América
Latina. Ellos desean que los pueblos no luchen...” Y de los soviéticos,
y de sus convenios de paz con Washington
dijo con la mayor claridad que le era posible: “Nuestro país
enfrenta una situación difícil derivada de dos circunstancias:
primera, ser el blanco fundamental e inmediato del imperialismo yanqui;
y de ser, el segundo, las divisiones, o discrepancias, o como se quiera
llamarlas, más o menos optimísticamente, dentro del campo socialista.
Nosotros hemos dicho cuál es nuestra posición. Nosotros no vamos a
echar leña en el fuego de esas discrepancias... Frente al imperialismo
esa realidad es amarga, es dura. Nosotros hemos dicho cuál es nuestra
posición, cuál es, según entendemos, nuestro deber... No faltarán
quienes digan, quienes traten de insinuar que somos contrarios a una política
de paz. La respuesta es esa misma: ¡Queremos paz con derecho, con
soberanía y con dignidad! ¡Queremos paz sin renunciar a ser
revolucionarios, sin renunciar a la revolución...!
Seguiremos adelante afrontando las dificultades, afrontando los
inconvenientes, sean cuales fueren; ejerceremos el derecho a pensar con
nuestra propia cabeza, y seremos consecuentes con nuestro pensamiento
revolucionario. Y ese pensamiento, por encima de todo, tiene una divisa:
resistir al enemigo imperialista, combatir al enemigo imperialista...”
Otra vez se analizaron en la Casa Blanca una serie de proyectos para
derrocar a Castro o, por lo menos, para forzarlo a que dejara de ser un
satélite de la Unión Soviética. A fines de enero hubo cambios en los
encargados de operaciones secretas contra Castro, pero siguieron
considerando la posibilidad de atentar contra su vida (“In addition to
continuing attempts on Castro’s life over the course of the year, CIA
teams carry out at least six major operations in Cuba aimed at
disrupting the Cuban government and economy”). El 6 de febrero la Casa
Blanca anuncia de que no se embarcarían mercancías financiadas por el
gobierno en buques de países que mantuvieran comercio con Cuba. El 18
de marzo, en una reunión de presidentes de Centroamérica, Kennedy
declara: “Construiremos un muro en torno a Cuba.
Incrementaremos de nuevo nuestra capacidad para prevenir la
infiltración comunista procedente de Cuba”. El 21 de abril, a pesar
de ciertos contactos indirectos con el gobierno de Cuba, McGeorge Bundy
insiste en que debe buscarse por todos los medios una solución no
comunista en la isla (“A non-Communist solution in Cuba by all
necessary means”). Por su parte crecían las buenas relaciones entre
los EEUU y la URRS mientras que las de Cuba con Moscú se empeoraban. En
junio Fidel Castro intensifica su acercamiento con China, la que en
marzo declaró que los rusos, al retirar los cohetes de Cuba, habían
capitulado ante el imperialismo yanqui.
El 15 de setiembre llegó Andrei Gromyco a Nueva York pues la URSS
necesitaba comprar trigo en los EUU, y el 20 reconoció Kennedy en su
discurso ante la ONU que se había logrado una pausa en la Guerra Fría
("We have reached a pause in the cold War"), y habló de la
posibilidad de que americanos y rusos juntos intentaran un viaje a la
luna. Gromyko calificó el discurso de Kennedy de "muy bueno"y
"conciliatorio"; Juschove le dijo a Averell Harriman,
representante de Kennedy en Moscú para tratar de la suspension de las
pruebas nucleares, sobre las palabras de Kennedy, “que era el mejor
discurso de todos los presidentes americanos desde los tiempos de
Roosevelt”; y hasta en los círculos marxistas de los Estados Unidos
se empezó a llamar a Kennedy “a progressive and peace-loving
President”. El 25 el Senado suscribió las promesas del ejecutivo a
los rusos.
El 28 comentó la agencia Reuter el hecho de que por primera vez desde
1961, en que Castro declaró que la revolución era socialista, en su más
reciente comparecencia, se abstuvo de repetirlo. La radio de La Habana,
por su parte, insistía en la consigna oficial de que Cuba iba a seguir
su propia línea: en su discurso por el aniversario de la creación de
los Comités de Defensa de la Revolución, publicado el 30 de setiembre
en Revolución, Castro dijo: “Cuba tiene una línea propia, que
corresponde a las condiciones concretas en que surge la revolución
cubana, que corresponde a las condiciones concretas en que surge a la
historia la revolución cubana y a las condiciones específicas del
lugar del mundo donde surge, la vecindad al imperialismo yanqui y la
hermandad con un continente explotado por ese imperialismo... Nosotros
tenemos que saber responder a nuestra situación concreta y a nuestra
situación especial y, por eso, saber cuáles son nuestros deberes...”
Y para alejarse de la dependencia de Moscú advirtió en ese discurso:
“Es necesario que Cuba, que tiene un desbalance de más de 100
millones de pesos en su comercio con la Unión Soviética, vaya pensando
en hacer el máximo esfuerzo para que a la mayor brevedad posible ese
desbalance no exista... Está bien que nosotros vayamos pensando en
sacar los recursos que necesitamos de nuestro esfuerzo, de nuestro
trabajo, de nuestro suelo, de nuestra inteligencia, de nuestra
organización”.
El 29 de setiembre el New York
Times publicó la noticia, también de Reuters, de que Castro temía
que, a espaldas de él, los americanos y los rusos llegaran a un acuerdo
sobre el destino de Cuba (“Dr. Castro is believed to suspect that the
Soviet Union may be prepared to settle Cuba’s fate directly with the
United States”). Por su parte, en el exilio, se hizo pública la
esperanza de que los acuerdos entre Washington y Moscú iban a lograr la
eliminación de Castro, por lo que se estaban realizando contactos
secretos entre miembros de gobierno cubano y agentes de los Estados
Unidos.
El 18 de noviembre de 1963, cuatro días antes de su muerte, habló
Kennedy en Palm Beach, en una reunión de la Inter-American Press
Association, sobre el daño que una banda de conspiradores le había
hecho a Cuba privándola de su libertad y sometiéndola a una política
que quería dañar a Latinoamérica (“What now divides Cuba from my
country... is the fact that a small band of conspirators has stripped
the Cuban people of their freedom and handed over the independence and
sovereignty of the Cuban nation to forces beyond this hemisphere. They
have made Cuba a victim of foreign imperialism, an instrument of the
policy of others, a weapon in an effort dictated by external powers to
subvert the other American Republics...”).
Y ¿cómo puede creerse, como quieren algunos, que en esos mismos días
estaba Kennedy seriamente en tratos con emisarios para arreglarse con
Castro, por medio del periodista francés Jean Daniel, del diplomático
norteamericano William Attwood, o de la actriz metida a reportera Lisa
Howard? Y si es cierto que le prestó alguna atención a esas optimistas
gestiones, bien se ve en su discurso que en nada habían cambiado sus
planteamientos respecto a Cuba: los gobernantes, eran una pandilla de
conspiradores (que son los que se reúnen para hacer daño o cometer crímenes),
que le habían robado la libertad a su pueblo y entregado al extranjero
la soberanía del país, y que amenazaban los gobiernos de Latinoamérica;
en resumen, todo lo que hasta entonces había movido su política
respecto a Cuba, y lo que Castro jamás estuvo dispuesto a renunciar.
“Eso es lo que separa a Cuba de mi país”, dijo Kennedy, y, para
eliminar esa separación, o tenía Castro que renunciar cuanto le
aseguraba el poder, o Kennedy que traicionar sus principios.
Iba el presidente el 22 de noviembre de 1963 a una reunión de
empresarios en Dallas cuando lo asesinó Lee Harvey Oswald. Llevaba
escrito el discurso para aquella ocasión, y se convirtió así en una
especie de testamento ideológico: suscribía cuanto hizo para contener
el comunismo en el mundo, y confiaba en la fuerza para seguir la lucha:
el destino obligaba a los Estados Unidos a ser, en las murallas de la
libertad del mundo, los encargados de salvarla
(“It has been necessary at times to issue specific warnings
—warnings that we could not stand by and watch the Communists conquer
Laos by force, or intervene in the Congo, o swallow West Berlin, or
maintain offensive missiles on Cuba. But while our goals were at least
temporarily obtained in these and other instances, our successful
defense of freedom was due not to the words we used, but to the strength
we stood ready to use on behalf of our principles we stand ready to
defend... Our adversaries have not abandoned their ambitions, our
dangers have not diminished, our vigilance cannot be relaxed... We in
this country, in this generation, are —by destiny rather than choice,
the watchmen on the walls of world freedom...”
Conclusión
En la Inglaterra del siglo XII, Thomas Becket y Enrique II, el arzobispo
y el rey, estaban condenados a ser enemigos. Así Kennedy y Castro nunca
se hubieran puesto de acuerdo: la democracia y el totalitarismo se
rechazan. Además de la ideología los separaba el orgullo lastimado:
Kennedy por el desastre de Bahía de Cochinos, y Castro por la humillación
en la crisis de octubre: la arrogancia, a los ojos del mundo, los llevó
al bochorno. Volviendo a los símbolos de Arévalo, podría decirse que
el tiburón no supo serlo cuando tuvo oportunidad de comerse la sardina;
y que la sardina no dejó de ser sardina cuando la disfrazaron de tiburón.
El tiempo, cuyo oficio es reducir el odio entre enemigos y salvar la
verdad, como dijo Shakespeare por boca de Lucrecia, al igual que en el
poema, no ha podido hacer su obra, y están en pie el antagonismo y la
mentira.
Torciendo los hechos se afirma en el artículo de Cigar Aficionado, que en tiempos de Kennedy, algunos en su
administración tuvieron fundadas esperanzas de arreglarse con Castro, y
que ahora, en más favorables circunstancias, debe Washington hacer lo
que entonces, dicen, iba a hacerse. Y andan quejosos con los otros
abogados de Castro —tan gritones al pedirle a los Estados Unidos que
cambien su política hacia Cuba como púdicos ante la parálisis del régimen
de La Habana— porque los Estados Unidos no aprovechan la oportunidad
de arreglarse con él, ahora que no existe la Unión Soviética ni
recibe Cuba los subsidios que le permitían mantener sus ejércitos en
varios países. El mundo ha salido de la guerra fría, pero Castro y los
suyos se mantienen en ella. Así, la voluntad de intervenir en el
extranjero, y aun la base legal para hacerlo —que siempre fue lo
combatido con más energía por Kennedy, y con mayor insistencia
defendido y practicado por Castro, el llamado “internacionalismo
proletario”— está presente en la Constitución de Cuba,
“actualizada” en 1992, cercana copia de la de 1976, con una extensión
y un énfasis no igualados
en ninguna constitución marxista-leninista; según se lee en la edición
oficial de La Constitución de la
República de Cuba (1996), en su artículo 12, Cuba “reconoce la
legitimidad de las luchas por la liberación nacional, así como la
resistencia armada a la agresión, y considera su deber
internacionalista solidarizarse con el agredido y con los pueblos que
combaten por su liberación y autodeterminación...” Si por algún
favor de la fortuna, o por la imprevisión o debilidad de quienes
mantienen el régimen de La Habana escaso de recursos para sus aventuras
internacionales, volviera Castro a disponer de ellos, antes que
atender las necesidades del pueblo volvería a lo que sin
disimulo proclama la Carta Fundamental como un “deber
internacionalista”.
Sólo de espaldas a la realidad histórica se puede defender un cambio de
política hacia La Habana sin que lo precedan los cambios políticos que
hasta ahora Castro se niega a realizar. Ya ese camino de dar el primer
paso lo exploró inútil el presidente Jimmy Carter. Cuando en 1975, en
gesto de buena voluntad para iniciar un diálogo con La Habana, los
Estados Unidos votaron con la OEA para reducir el aislamiento de Cuba, y
Washington permitió a las sucursales de firmas americanas comerciar con
la isla, y se suprimieron las restricciones a los barcos extranjeros
contratados por Cuba, Castro intervino en Angola. A pesar de esa
experiencia se iniciaron nuevas conversaciones en 1977: los Estados
Unidos suspendieron sus vuelos de reconocimiento, se permitió viajar a
Cuba, se abrieron misiones de intereses en La Habana y en Washington, y
de nuevo Castro aprovechó la ocasión para practicar su deporte
favorito, y envió tropas a Etiopía y aumentó las que ya tenía en
Angola. Con una obstinación difícil de explicar, en diciembre de 1978
el Departamento de Estado declaró su interés en establecer relaciones
diplomáticas con Castro si suspencía sus aventuras en África, el
cual, viendo en aquella disposición otra muestra de debilidad, violando
el acuerdo Kennedy-Jruschov, llevó a la isla dos brigadas soviéticas y
varios aviones MIG-23, con capacidad para bombas atómicas, e inició su
masiva intervención en la América Central.
La recomendación de arreglarse con Castro, dicen estos abogados suyos,
les llega de John F. Kennedy, pero podrían decir asimismo que les llega
de Ronald Reagan, quien también exploró la posibilidad de un diálogo
con La Habana: cuenta Alexander M. Haig en Caveat:
Realism, Reagan, and Foreign
Policy (1984), que en un momento el presidente creyó útil hacer
contactos con Castro: “Reagan believed that some sort of direct
contact with Castro... might produce a desirable result...”; y así se
llevo a cabo la reunión de Haig y Carlos Rafael Rodríguez en México,
de la que nada resultó. Y así hubiera sucedido, y con más razón, con
Kennedy, de haberse llegado a contactos tan serios como ése.
Uno
de los libros con la más rica colección de documentos sobre el tema de
este trabajo se titula
The Kennedys and Cuba. The Declassified Documentary History (1999),
editado por Mark J. White. En esencia sus 356 páginas confirman cuanto
aquí se ha dicho; la obsesión de los Kennedy por derrotar a Castro y
sacar a Cuba de la órbita soviética, impedirle la subversión de
Latinoamérica y volver el país a un régimen de libertad y democracia;
y la obsesión de Castro con las ideas marxista-leninistas, la práctica
del "internacionalismo" y del gobierno totalitaro, todo lo que
hizo, como se ha visto aquí, "el abrazo imposible".
Las circunstancias han cambiado, aunque, como se ve, los peligros son los
mismos, pero han cambiado las circunstancias porque se mantuvieron los
principios de Kennedy, y seguido las pautas que dejó trazadas; recuérdense
sus palabras últimas, las escritas para el discurso del 22 de noviembre
de 1963, que no han perdido actualidad: “Our successful defense of
freedom was due not to the words we used, but to the strength we stood
ready to use on behalf of our principles we stand ready to defend... Our
dangers have not diminished, our vigilance cannot be relaxed...”
Defiéndase un arreglo con Castro por con otros
argumentos. Pidan quitarle incondicional las limitaciones para que siga
haciendo daño, y así puedan caer sobre la isla como aves de rapiña
los inversionistas que tientan pingües réditos en la miseria del país,
pero que no se invoque a John F. Kennedy como justificación para el
extravío, que no se profane su memoria. Defectos tuvo el presidente,
pero ni sus peores enemigos le negaron jamás la dignidad del coraje, y
es ponerlo como un cobarde, cubierto de vergüenza, con Castro, en ese
“abrazo imposible”.
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