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EL CATECISMO DEL
REVOLUCIONARIO
Estudio de “vidas paralelas”
en el que sólo se presenta una, y donde el lector puede poner las que no
se analizan aquí
“El odio como factor de lucha, el odio intransigente al
enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del
ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría
máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así”.
Ernesto Che Guevara
“Mensaje a la Tricontinental” (Bolivia, mayo de 1967)
Introducción
El catecismo del revolucionario
Nechaev
El libertario y el liberticida
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Fotografía
de Sergei Nechaev en una composición con la de algunos de sus discípulos;
desde arriba, a la izquierda: Lenin, Trotsky, Stalin, Hitler, Mao
Tse-tung, Pol Pot, Fidel Castro y Ernesto Che Guevara.
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Introducción
Para entender al que procura un cambio violento en las instituciones políticas
de un país, sus métodos y la lógica que esgrime para lograr sus
fines, es necesario adentrarse en su manera de razonar y en su ética.
Cristo y Confucio fueron revolucionarios; y lo fueron también, de
otra especie, que es la que aquí interesa, Mao, Hitler, Stalin y
Pol Pot.
Un error frecuente en el aprecio de un revolucionario, o en predecir sus
actos, parte de ignorar su escala de valores y su sicología, y de
suponerlo igual a los otros miembros de la sociedad. El
revolucionario suele conocer mejor el mundo burgués que quiere
destruir, que lo que de él conoce su enemigo. Y ésa es una ventaja
sobre quienes se le oponen.
Hay una moral revolucionaria y una moral
burguesa, o dicho de otra manera, lo que es inmoral para la mayoría,
dentro de la tradición, o censurable, puede ser lo moral para el
revolucionario. No importa que sus preferencias estimativas sean sólo
un disfraz para encubrir complejos, frustraciones o egoísmos, lo
que mueve en último término al revolucionario es el fin que dice
perseguir, resumido en un programa que justifica los medios para
llegar a él.
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Viva
representación de la "efectiva,
violenta, selectiva y fría máquina de matar"
en que quería el Che Guevara convertir a sus seguidores. Muchas
de esas "máquinas
de matar"
creó Pol Pot en Kampuchea (Cambodia). Jóvenes como éste,
enloquecidos por la prédica de su máximo líder, asesinaron en
poco tiempo a más de un millón de sus compatriotas y arruinaron
el país, el cual todavía sufre las consecuencias del genocidio. |
La práctica de que “el fin justifica los medios” es tan antigua como
la humanidad. El primer homicida, Caín, vio que la ofrenda de Abel
era más grata a Dios que la suya y, para ganarse el favor divino,
se le ocurrió asesinar al hermano. El fin, en sí, era noble;
el procedimiento, execrable. “La voz de la sangre de tu hermano está
clamando a mí desde la tierra”, le dijo Dios, quien lo condenó al
peor castigo: al miedo, el que lo llevaría a huir temeroso siempre de
la venganza por el crimen.
Hace dos mil años Ovidio, el poeta de El arte de amar, consagró el precepto con la afortunada economía
latina: “Exitus acta probat”:
el resultado que se persigue sanciona con su mérito la acción. Si para
lograr el objeto amado hay que recurrir a procedimientos que no se podrían
disculpar en otra actividad, según Ovidio, están permitidos: “Exitus acta probat”.
A principios del siglo XV Dietrich (Teodorico) von Niehem, historiador
que el papa Bonifacio IX nombró obispo de Verden, en Alemania, escribió
en defensa de la ortodoxia católica y ante la herejía de Wyclef y del
Gran Cisma de Occidente: “Cuando está amenazada su existencia, la
Iglesia queda libre de toda restricción moral. Con el fin de la unidad
de los fieles, todos los medios están santificados, todos los ardides,
traiciones, violencias, simonías, encarcelamientos y muertes, puesto
que las reglas protegen al grupo, y el individuo tiene que sacrificarse
para garantizar el bien común”.
En 1532, cinco años después de la muerte de su autor, se publicó en
Roma El Príncipe, de
Maquiavelo. Por diversos motivos las recomendaciones del famoso
florentino vinieron a consagrar en política el principio de que los
medios, por inmorales que fueran, estaban justificados por el fin que
pretendían. Afirmaba Maquiavelo que el éxito del gobernante tenía que
lograrse de cualquier manera, incluyendo la traición, la intriga y el
asesinato. El gobernante “no debe preocuparse de la fama de cruel
cuando la crueldad se necesita para mantener la unión y la obediencia
de sus súbditos”; y al tratar de lo que el príncipe había
prometido, dijo que no estaba obligado a cumplirlo cuando fuera en
contra de sus intereses o hubieran cambiado las circunstancias en que
prometió; un gobernante, concluía, se verá obligado a actuar contra
sus creencias, contra la caridad, contra lo humano, contra la religión
(“contro alla fede, contro alla
carità, contro alla umanità, contro alla religione”). Lo
importante para Maquiavelo, como después para Nietzsche, era lo que
llamaba virtù, algo como lo
eficaz, ajeno a la moral.
Ocho años después de la
publicación de El Príncipe,
también en Roma, el papa Paulo III, confirmó la orden de los jesuitas.
Además del término “maquiavelismo”, el otro que llegó a
identificar la práctica de que el fin justifica los medios se iba a
llamar “jesuitismo” —el Diccionario de la Lengua da el adjetivo “taimado”, que es el
astuto, y el que está siempre al acecho de cuanto le rodea, como sinónimo,
en lenguaje figurado y familiar, de “jesuita”. Es curioso, sin
embargo, que la campaña contra Maquiavelo la inició la Compañía de
Jesús, y fueron los jesuitas los que lograron que el papa pusiera sus
obras en el Index librorum prohibitorum. No era, por supuesto, debido a que
Maquiavelo recomendara prácticas tortuosas para lograr un fin, sino por
las denuncias que hizo de las ambiciones territoriales del Vaticano,
obstáculo mayor para la independencia nacional.
El lema de los jesuitas es “Ad
majorem Dei gloriam” (A mayor gloria de Dios), y así puede
entenderse que son legítimos cuantos medios a los ojos de ellos sirvan
para ampliar la gloria divina. Cuando en 1549 San Ignacio envió a
varios padres para defender la Santa Sede en Alemania, y para fundar
colegios, les hizo una serie de recomendaciones que reflejan lo que se
llegó a conocer como “jesuitismo”; además de confiar en Dios y de
hacer actos de caridad y orar, les dice en carta del 4 de abril,
“pongan con diligencia todos los otros medios que sean oportunos...
Tengan y muestren a todos afecto de sincera caridad, y principalmente a
los que tienen más importancia... Donde haya facciones y partidos
diversos, no se opongan a ninguno, sino que muestren estar como en medio
y que aman a unos y a otros... Procurar conservar la amistad y
benevolencia con los que gobiernan. Para lo cual ayudaría no poco si el
Duque [de Baviera, Guillermo IV] y los principales de su casa se
confesasen con ellos [con los jesuitas]... Tener con esta clase de
hombres [aquéllos de quienes puede esperarse el mayor bien y cuya
amistad más se debe desear] mucho trato y familiaridad por la misma
causa, aunque en ocasiones haya que inclinarse algo a lo humano,
condescendiendo con el natural de los hombres... Empléense en las obras
piadosas que más se ven, como de hospitales y cárceles... Acomódense
a los ingenios y afectos de las personas... De tal modo defiendan la
Sede Apostólica y su autoridad, que atraigan a todos a su verdadera
obediencia; y por defensas imprudentes no sean tenidos por
papistas...”
Jamás, sin embargo, recomendó San Ignacio de manera explícita, como
Maquiavelo, medios inmorales para lograr la propagación de la fe y el
crecimiento de la orden, pero la creencia de que cuanto se hacía era
para la “mayor gloria de Dios”, llevó, entre otros excesos
—aparte de los beneficios de la orden al adelanto de la humanidad—,
a un crudo relativismo ético con el auxilio de la casuística y del
posibilismo, entendido éste como probabilidad de aceptación por una o
varias autoridades —a la “morale relâchée” de que habló Pascal en sus cartas Les
Provinciales, en 1657. Tanto el “maquiavelismo” como el
“jesuitismo”, por distintos caminos, vinieron a definir la práctica
de justificar los procedimientos en función de lo que con ellos se iba
a obtener: el triunfo político en uno, y en otro el triunfo espiritual.
Puede parodiarse la frase de Madame Roland sobre la libertad, y exclamar:
¡Cuántos crímenes se han cometido a nombre de fines que se suponen
buenos! Si el que va a manejar los medios es el mismo que valora el fin,
basta que le encuentre justificación para imponer los que cree
apropiados. Dijo Hitler: “Cuando nuestra raza está en peligro de ser
oprimida, la legalidad de cómo se impide la opresión es un asunto
secundario... Yo puedo firmar cualquier cosa, suscribir cualquier
tratado hoy y romper fríamente mi compromiso mañana si el porvenir del
pueblo alemán está en peligro”. Y en una obra de Bertolt Brecht, en
“Las medidas tomadas”, una Lehr-stücke,
como solía llamar a esos actos con música, el “Coro” resume el
programa de todo dogma totalitario y los procedimientos de quienes lo
defienden, tan de acuerdo con lo que hasta aquí se ha expuesto; dice:
“El que lucha en favor del comunismo debe ser capaz de luchar y de no
luchar, de decir la verdad y de mentir; de ayudar y de negar la ayuda;
de prometer y de incumplir las promesas; de arriesgarse y de evitar el
peligro; de darse a conocer y de ser desconocido. El que lucha en favor
del comunismo tiene, de todas las virtudes, sólo una: que lucha en
favor del comunismo”. Los medios, otra vez aquí, no tienen jerarquía
por sí mismos: el fin impone toda valoración positiva.
Albert Camus, en L’homme révolté
(1941), rechazó con acierto la validez universal de la norma por la
que el fin justifica los medios; se preguntaba: “¿Justifica el fin
los medios?” Y respondía con otra pregunta: “¿Pero quién
justifica el fin?”, y
contesta el rebelde en su obra: “Son los medios los que justifican el
fin”. Es decir, no es en la bondad de lo que se persigue donde se
justifica la manera de lograrlo, sino todo lo contrario, son los medios
que se usan para obtenerlo los que justifican el fin. Es la misma opinión
de Milovan Djilas en La nueva
clase (1957), donde dedica todo un capítulo a analizar el problema
para concluir: “Lo que de verdad justifica el fin que uno se propone,
lo que justifica los esfuerzos y sacrificios que cuesta llegar a él,
son precisamente los medios: su constante perfeccionamiento, su
humanidad, la siempre creciente libertad que los acompaña”. Así, los
medios buenos son los que hacen buenos los fines, mientras que los
medios inmorales, en igual proporción, hacen inmoral lo que procuran,
y, por ende, a quien los pone en práctica.
El catecismo del revolucionario
En todas las épocas, con diferentes excusas, se ha recurrido a ese cómodo
precepto de que “el fin justifica los medios”. El objetivo siempre
es el mismo, aunque con diferente disfraz: el poder, en escenarios
diversos: la guerra, los negocios, la religión; el impulso nace de la
creencia de que se posee una verdad absoluta: un dogma. Lo que ha
cambiado en nuestra época son los medios, su alcance, en la política.
Por vez primera en la historia, la violencia, reservada sólo para el
enemigo, se propuso usarla también contra miembros del mismo partido:
la traición, la perfidia, la mentira, el chantaje y el crimen. No
quiere esto decir que antes no se hubieran empleado así dichos medios,
pero jamás se postularon de manera abierta como un programa de acción.
Es la violencia dentro de la violencia, expuesta en “El catecismo del
revolucionario”, del ruso Sergei Nechaev, muerto en 1882 en la cárcel
Petropavlosk, en San Petersburgo. Las ideas Nechaev son las que han dado
fundamento a los sistemas totalitarios de este siglo, y, unidas a las de
Marx, al totalitarismo marxista-leninista.
Nechaev no es una figura bien conocida ni por los revolucionarios ni por
los enemigos de la revolución. Los primeros, aunque sin saberlo,
abrazan su doctrina, y si lo llegan a conocer lo tratan con disimulo por
la abierta crueldad de sus métodos (Stalin tenía en secreto un
ejemplar de la primera edición de “El Catecismo”en su biblioteca);
los otros, sin darse cuenta de su estatura en el mundo de la violencia,
por regla general ni saben que existió. Lo importante en Nechaev es que
su obra y su vida ponen en evidencia el pensamiento y las prácticas del
revolucionario radical de nuestro tiempo.
“El catecismo del revolucionario” se repartió en 1870 entre los
partidarios de Nechaev; dos años más tarde se tradujo al francés por
los marxistas para desacreditar el anarquismo; y otra vez apareció en
ruso en 1906 y en 1924. La primera traducción al inglés es de 1939, en
el libro de Max Nomad, Apostles of
Revolution, y en 1957 en el de Robert Payne, The
Terrorists; y entre 1969 y 1971 el Black Panther Party hizo tres
ediciones en Berkeley, California, con una introducción de Eldridge
Cleaver, quien dijo en Soul on Ice
que se había “enamorado” de la doctrina de Nechaev y que puso en práctica
sus rudezas al tratar a los demás; otra es de Londres, de la Kropotkin
Lighthouse Publications; y también sirvió de guía para el Ejército
Rojo y los miembros del Symbionese Liberation Army.
En cuatro secciones está dividida la parte de “El Catecismo” que aquí
interesa, donde se prescriben “La reglas de conducta del
revolucionario”: en la primera se expone cuál ha de ser “la actitud
del revolucionario respecto a sí mismo”; la segunda, en relación con
“sus camaradas”; la tercera, respecto a la sociedad; y la última,
con “el pueblo” (en un sentido más amplio, la nación). Puesto que
no se ha podido conseguir para este trabajo una versión en español de
“El Catecismo”, los pasajes que siguen son traducciones de lo que
aparece en el libro de Michael Confino, Violence
dans la violence; le débat Bakounine-Nechaev (1973); y de la versión
en inglés del libro de Philip Pomper, Sergei
Nechaev (1979):
I.- 1) El revolucionario es un hombre en principio ya condenado. No
puede tener ni intereses particulares, ni asuntos privados, ni
sentimientos, ni amistades, ni pertenencias, ni siquiera un nombre. Todo
lo somete a un solo interés con exclusión de otro, a un pensamiento único,
a una pasión: la revolución.
2) En el fondo de su ser, no solamente en palabras, sino en actos, rompe
todo nexo con el orden público, con el mundo civilizado, con las leyes,
con las convenciones sociales y las reglas morales. El revolucionario es
un implacable enemigo de ese mundo, y continúa viviendo en él con el
único propósito de destruirlo.
3) El revolucionario... no conoce más que una ciencia, la ciencia de la
destrucción... Su fin no es más que la destrucción más rápida del
inmundo régimen al que se opone.
4) El revolucionario detesta la opinión pública. Desprecia la moral
actual de la sociedad en todas sus formas y manifestaciones. Para un
revolucionario es moral todo lo que contribuye al triunfo de la revolución,
y es inmoral y criminal todo lo que la detiene.
5) El revolucionario es un hombre perdido, sin piedad ante el Estado y
ante la sociedad instruida... Entre él, de una parte, y el Estado y la
sociedad, de la otra, existe una guerra, visible o invisible, pero
permanente e implacable: una guerra a vida o muerte. El revolucionario
debe aprender a resistir la tortura.
6) Severo consigo mismo, debe de ser igualmente duro con los otros. Todos
los sentimientos tiernos que afeminan, como los lazos paternos, la
amistad, el amor, la gratitud, el honor mismo, deben sustituirse por la
fría y única pasión de la causa revolucionaria. Para él no hay más
que una sola alegría, un solo consuelo, una sola recompensa y
satisfacción: el triunfo de la revolución. Noche y día no debe tener
más que un pensamiento, un solo objetivo: la destrucción sin piedad.
Aspirando fría e infatigablemente a ese fin, tiene que estar dispuesto
a perecer y a destruir con sus propias manos todo lo que demore el
triunfo revolucionario.
7) Su verdadera naturaleza debe excluir todo romanticismo, toda
sensibilidad, entusiasmo o deseo. Ella excluye hasta el odio y las
venganzas personales. La pasión revolucionaria llega a ser en él una
segunda naturaleza, y en cada instante debe estar ligada a un cálculo
frío. En todas partes y siempre no debe seguir sus inclinaciones sino
todo lo que es de interés general para la revolución.
II.- 8) Sólo el que ha probado con actos que es un revolucionario como
él, puede llegar a ser su amigo y camarada. El grado de amistad y de
devoción estará determinado únicamente por el grado de utilidad en
favor de la causa de la revolución real y destructiva”. [...]
11) Cuando cae un camarada, el revolucionario, al decidir si lo salva, no
debe tomar en consideración sus sentimientos personales, sino nada más
que el beneficio de la causa de la revolución. [...]
III.- 13) El revolucionario no se introduce en el mundo político y
ocial, en el mundo que se dice instruido, ni vive en él sino con la fe
de su más completa y pronta destrucción. No es un revolucionario si
tiene compasión de algo en ese mundo. Él debe poder destruir las
situaciones, las relaciones y las personas que pertenecen a ese mundo...
no es un revolucionario si algo le detiene la mano. [...]
14) Con el propósito de la destrucción sin piedad, el revolucionario
puede, y con frecuencia debe, vivir una vida normal en sociedad,
simulando ser lo que no es. El revolucionario tiene que penetrarlo todo,
en todas las clases sociales. [...]
15) Esa sociedad inmunda debe ser dividida en varias categorías. La
primera está formada por los que sin demora están condenados a muerte.
[...]
16) En la preparación de esa lista, y la que después sigue, el
revolucionario no debe guiarse por la maldad de la persona, ni por el
odio que se le tenga. La maldad y el odio pueden en parte y de manera
temporal ser útiles para excitar la revolución popular. Uno debe
guiarse por la cantidad de beneficios que le traiga a la causa
revolucionaria su muerte. De esta manera uno debe destruir
primero a los que dañan la causa, y cuya muerte inmediata y
violenta puede generar miedo en el gobierno que así queda privado de
una figura enérgica e inteligente.
17) La segunda categoría debe incluir a aquellos individuos a los que se
les concede vivir de manera provisional a fin de que con sus actos
monstruosos empujen al pueblo a una rebelión. [...]
IV.- 22) La Asociación [revolucionaria] no tiene otro objetivo que la
completa liberación y felicidad del pueblo, de la clase trabajadora.
Pero con el convencimiento de que esa liberación y el logro de esa
felicidad no son posibles más que por medio de una revolución popular
que tiene que destruirlo todo, la Asociación se dedicará con todas sus
fuerzas y recursos a desarrollar y extender las desgracias y los males
que deben agotar la paciencia del pueblo a fin de empujarlo a un
levantamiento popular. [...]
23) Por “revolución popular” no entiende la Asociación un
movimiento reglamentado y según el modelo clásico de Occidente... La
única revolución que puede salvar al pueblo es la que destruya
radicalmente el Estado y que suprima todas las tradiciones y estructuras
estatales que operan en la sociedad clasista de Rusia. [...]
24) Nuestra misión es la destrucción terrible, general, sin piedad y
sin contemplaciones (del Estado y de la sociedad). [...]
25) Por lo tanto, para acercarnos al pueblo, debemos unirnos a ese
segmento de la población (que ha sufrido) a manos de la aristocracia,
la burocracia, el clero; contra los comerciantes, los latifundistas y
los campesinos ricos y explotadores. Debemos unirnos al atrevido mundo
de los delincuentes, los únicos auténticos revolucionarios en Rusia...
Nechaev
Sergei Gennadievich Nechaev, autor de “El catecismo del
revolucionario”, nació en un pueblecito a unas 200 millas al nordeste
de Moscú, el 20 de setiembre de 1847. Su padre era un pintor de brocha
gorda y su madre una costurera, ambos siervos, lo que hizo al hijo el
primer revolucionario de cierta importancia de origen plebeyo. Nechaev
exageraba la humildad de su origen para mejor impresionar a sus
seguidores, y dijo que sus padres habían pasado grandes necesidades y
que él consumió su juventud luchando contra el hambre y la miseria. La
mayoría de los que conspiraban contra el gobierno del zar eran nobles
que sentían culpa por los vergonzosos privilegios de su clase y por los
atropellos e injusticias de las autoridades contra el resto de la
población.
Poco a poco Nechaev aprendió a leer y escribir y, a los 18 años, se fue
a San Petersburgo donde logró emplearse en una escuela primaria enseñando
religión. En 1868 empezó a asistir a la universidad donde se
familiarizó con estudiantes anarquistas y socialistas, y con el
extremismo de organizaciones que propugnaban los métodos más crueles
para lograr sus objetivos, en particular la “Joven Rusia”, heredera
de la “Joven Italia” no sólo en el nombre sino también en su
programa y sus métodos de lucha: “Los destruiremos [al zar, su
familia, sus amigos y partidarios] en las plazas, si los cobardes
cochinos se atreven a ir allí. Los destruiremos en sus casas, en las
callejuelas de las ciudades, en las anchas avenidas de la capital y en
los pueblos. Recuerden que, cuando suceda esto, todo el que no esté con
nosotros estará contra nosotros, y será un enemigo, y que todos los métodos
serán usados para destruir el enemigo”. Y también llegó a Nechaev
la influencia del llamado Círculo de Ishutin, en particular del grupo
selecto de sus miembros llamado “Infierno”, quienes tuvieron un
programa que anunciaba “El Catecismo”, autorizando los robos (que
llamaban “expropiaciones”), el fraude, el chantaje, la denuncia de
inocentes y el asesinato. Un miembro de esa organización, llevado por
el entusiasmo revolucionario, pensó en matar al padre para entregar su
herencia al Círculo.
Otra influencia mayor que operó sobre Nechaev, y sobre esa generación
de 1860, fue la novela de Nikolai Tchernuishevsky, Una pregunta vital: ¿Qué hacer? (de la que tomó el título Lenin
para su estudio de 1902, además de mucho de su fervor revolucionario),
publicada en 1863, en la que uno de los personajes, Pavel Rajmetev
(junto a otros de parecidas condiciones, como la Vera Pavlovna,
en su lucha por emanciparse de los prejuicios de su familia burguesa)
era “la gente nueva”, de vida ascética sufriendo todo tipo de
privaciones en preparación para los sacrificios que habrían de lograr
la transformación de Rusia: lo que después llegaría a conocerse como
“el hombre nuevo”. La idea del hombre nuevo, expuesta por Marx como
producto de la fase superior del comunismo, lo presentaba cercano al
revolucionario de Nechaev, ajeno a intereses personales, desasido de la
humana naturaleza: un capricho de la contrahecha fantasía del
reformador, creada a su imagen y semejanza. Para endurecerse, Pavel comía
carne cruda y dormía en una cama con clavos. No tenía vida personal,
ni amigos, ni mujer, ni lazos de familia para que nada pudiera
distraerlo de su compromiso con la revolución. El personaje de la
novela era brusco y grosero para distanciarse del medio que se proponía
destruir, y no acataba las formalidades ni las convenciones sociales.
Tchernuishevsky, hijo de un religioso del pueblo de Saratov, en el Volga,
se convirtió con esa novela en el héroe adorado de su generación, y
aun de muchos radicales que vinieron después: en su tiempo se llegó a
decir que los tres hombres más grandes de la humanidad habían sido,
Cristo, el apóstol San Pablo y Tchernuishevsky, también por su
ascetismo y por su valor ante la condena que le impusieron en Siberia.
Tchernuishevsky creó el Pavel de su obra a partir de otro, real, del
mismo nombre y de un apellido cercano (Pavel Bajmetev), de familia
acomodada, que viajó durante dos años por Rusia empleándose en
labores comunes para identificarse con la pobreza, y luego donó su
herencia a Alexander Herzen, el escritor ruso, revolucionario, también
de noble linaje, el cual introducía desde Londres en su país la
revista Kolokol para combatir
al zar.
A principios de 1869 Nechaev hizo creer a sus amigos
que había sido arrestado pero que pudo escapar de la cárcel, y con ese
falso historial se refugió en Suiza, donde engañó a Mijail Bakunin,
el conocido líder anarquista, haciéndose pasar como representante de
un comité revolucionario de estudiantes rusos. Bakunin se entusiasmó
con Nechaev y le escribió a un amigo: “Tengo aquí conmigo uno de
esos fanáticos jóvenes que no duda de nada ni teme nada... Son una
especie de creyentes sin Dios, y de héroes sin retórica...” Juntos
escribieron varios manifiestos urgiendo a la juventud rusa a rebelarse,
y en el verano de ese 1869 terminaron de escribir “El Catecismo”,
sin que se haya podido determinar con exactitud cuánto en él es de
Bakunin y cuánto de Nechaev, o si es sólo de éste último, como
parece lo más probable según opinión de sus biógrafos.
Armado con ese programa, Nechaev regresó a Moscú
para formar un grupo que iba a dirigir un alzamiento a principios del
siguiente año, al cumplirse el noveno aniversario de la emancipación
de los siervos. Uno de los complotados, un tal Ivan I. Ivanov, objetó
los métodos de Nechaev, y el propio Nechaev, en presencia de cuatro de
sus compañeros, quienes así quedaron cómplices del crimen, le disparó
un tiro en la cabeza. Dostoeyevski hizo del episodio el centro de su
novela Demonios, una denuncia
del peligro de esa juventud rebelde que pretendía destruir los
fundamentos de la vida rusa. Aunque desmintió haber copiado de la
realidad, la novela está basada en el asesinato de Ivanov; dijo a raíz
de terminarla: “Mi Piotr Verjovenski no se parecerá en nada a
Nechaev, pero creo que mi espíritu sobrecogido por el suceso, ha
concebido, mediante la fuerza de la fantasía, una persona y un tipo
adecuados a esa fechoría”. A pesar de la aclaración del novelista,
el joven Piotr es en mucho Nechaev: induce al crimen, aterroriza la
población y destruye. En una oportunidad Dostoyevski anunció en Rusia
una revolución “como nunca se había visto en la historia del
mundo”, por lo que al cumplirse en 1906 el 25 aniversario de su muerte
se le calificó de “profeta de la revolución rusa”, y también se
dijo, y con razón, que Demonios fue un anuncio
de lo sucedería en su país a partir de 1917.
El
libertario y el liberticida
Los compañeros de Nechaev fueron a parar a la cárcel
por el asesinato de Ivanov, pero él logró escapar para de nuevo
reunirse con Bakunin. Las relaciones entre los dos, sin embargo, muy
pronto empezaron a deteriorarse puesto que, entre otras razones, Nechaev
se puso a desacreditar a Bakunin acusándolo de no tener ya, por sus años,
ni la energía ni la dedicación necesaria para ser un buen
revolucionario. Bakunin se resistía al jacobinismo de Nechaev por el
cual pretendía, como luego hicieron los bolcheviques, la toma del poder
por un grupo de revolucionarios que iba a establecer una dictadura;
Bakunin abogaba por una revuelta popular masiva: “Estoy convencido”,
decía profético, “que todo otro tipo de revolución es deshonesta y
dañina, y que llevará a la supresión de la libertad del pueblo”. Al
referirse a Nechaev en carta a amigos a quienes antes lo había
recomendado, Bakunin escribió lo siguiente:
... Es
verdad que Nechaev es uno de los hombres más enérgicos y activos que
he conocido. Con referencia a lo que llama la causa [la revolución], no
tiene ningún tipo de dudas, ni temor, y es tan cruel con los otros como
consigo mismo... Es un fanático dedicado a la causa, pero al mismo
tiempo un fanático muy peligroso, y toda asociación con él no puede
ser menos que arriesgada... Él está convencido que para crear una
activa e invulnerable organización hay que seguir una política maquiavélica
y emplear métodos jesuitas: violencia al cuerpo y engaño a la mente...
Todos los contactos personales, todos los sentimientos de amistad, todos
los lazos de naturaleza privada son males que para Nechaev hay que
destruir... Solo lo excusa su fanatismo. Aunque él no lo sabe, es
tremendamente ambicioso, toda vez que en última instancia identifica el
movimiento revolucionario con su propia persona. No es un egoísta en el
sentido corriente del término toda vez que se expone a los mayores
riesgos y vive la vida de un mártir, llena de privaciones. Es un fanático,
y el fanatismo lo hace un jesuita y algunas veces simplemente un
idiota...
A poco de ocurrir la separación entre Nechaev y
Bakunin, la policía rusa logró apresarlo en Zurich, en 1872, y,
deportado a Rusia, lo condenaron a veinte años de trabajos forzados.
Desde su exilio Bakunin lamentó la suerte de Nechaev; escribió:
“Nadie me ha hecho intencionalmente más daño que él, pero, a pesar
de todo, me da pena. Era una persona de extraordinaria energía... pero
su autoritarismo y su incontrolada terquedad fueron los que,
lamentablemente, junto a su ignorancia y sus métodos maquiavélicos y
jesuíticos, lo lanzaron al abismo...” Pero también el viejo Bakunin
predijo: “[Nechaev] ha de sacar de lo profundo de su ser toda su energía
y su primitivo valor: ha de morir como un héroe”.
Es curioso que en la Great Soviet Encyclopedia, en la traducción de 1978, se lee en la
nota sobre Nechaev: “From the outset [Nechaev] was guided in his
revolutionary activity by the Jesuit slogan ‘the end justifies the
means’, which lay the basis of his
Catechism...” Y aún más notable es que esta figura, siempre
acusada de “maquiavelismo” y de “jesuitismo”, llegó a formar
con su propio nombre y la partícula rusa shchina
el calificativo para una manera despreciable de hacer revolución (de la
misma manera que, por ejemplo, que zhdanovshchina,
derivado de Andrei Zhdanov, el inquisidor de la cultura soviética, llegó
a significar la torpe intransigencia en la creación literaria y artística).
Así nechaevschina (nechaevismo), entre los revolucionarios rusos tuvo
durante un tiempo cierta connotación negativa para la falta de escrúpulos
y las exageradas simplificaciones en política: algo como la expresión
“sarampionosos”, de Lenin, para los neófitos del marxismo que
pretendían ser más radicales que él. Pero en la práctica, muchos
bolcheviques que se burlaron del nechaevismo lo practicaron luego en su
lucha para llegar al poder
y en sus actos de gobierno, empezando por Lenin, Trotzky y Stalin.
Tal era la capacidad de persuasión de Nechaev que
logró el favor de muchos de sus carceleros, los que fueron severamente
castigados por ayudarlo. A fines de 1880 se le presentó la oportunidad
de escapar, pero repudió la oferta para no interrumpir los planes
contra Alejandro II, asesinado en enero de 1881. En castigo por su
rebeldía le redujeron la escasa ración de alimentos que le daban, y
murió de escorbuto el 21 de noviembre de 1882, el mismo día que él
había asesinado a Ivanov —algunos pensaron, por la coincidencia, que
se había suicidado como para confirmar con su muerte los métodos
violentos que predicaba. De Nechaev se puede decir, como de todo fanático
obsesivo de su especie, lo que se afirmó de Lenin: “Era un
revolucionario las veinticuatro horas del día, y al dormir, soñaba con
la revolución”.
En lo que
pudo escribir Nechaev en sus últimos meses, aun después de subir al
trono Alejandro III, en abril de 1881, se descubren los planes que tenía
una vez derrotada la autocracia zarista; en uno de esos documentos se
lee anunciando las tiranías totalitarias, la “dictadura del
proletariado” del marxismo-leninismo: “Se implantará el poder
soberano de una dictadura revolucionaria para la derrota definitiva del
yugo imperial hasta la completa emancipación del pueblo. La dictadura
tendrá un solo fin: el triunfo de la revolución sobre el despotismo.
La dictadura ha de perseguir ese fin por todos los caminos y con todos
los medios, sin tener escrúpulo al escoger los medios, no deteniéndose
por el número de personas que haya que sacrificar para lograr su
fin”.
Nechaev no murió en la cárcel Petropavlosk. Entre
otros lugares, se le vio, de nuevo visionario, cruel e inhumano, y, como
siempre, con ropaje de redentor, en la Alemania de Hitler, en la Rusia
de Stalin y en la Cambodia de Pol Pot; y en Irak, en Bolivia y en
Oklahoma. Hay que acabar con todos los Nechaevs, pero para ello, además
de por elemental espíritu de justicia, a fin de restarle disculpa a sus
impulsos criminales, aunque no siempre asegure su desaparición, se debe
seguir el consejo de Martí: “Al anarquista, que es la hoja del árbol,
no hay que estirparlo, porque las hojas vuelven a salir, sino a la raíz
del anarquismo, que es el abuso insoportable de los privilegios
injustos”.
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