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Parece que el último
objetivo del ataque terrorista era asesinar al presidente Bush. A raíz
de la muerte del Kennedy dijo Fidel Castro: “Se dan casos a veces en
que los revolucionarios se ven obligados a defenderse, se ven obligados
a matar para defenderse”. Es la lógica falsa del criminal. Nadie mata
sin tener una excusa, una razón que cree válida para realizar el
crimen. Cuando John F. Kennedy trataba de destruir a Castro, dijo éste
en un discurso de 1963,: “No crean que podrán atacarnos y que no nos
vamos a defender. Todo el daño que traten de hacernos será el daño que
le haremos nosotros a ellos”; y poco después, el 22 de febrero,
repitió ante la amenaza de los Estados Unidos: “Nos defenderemos, y
nos defenderemos por todos los medios posibles. ¡Y todo el daño que
traten de hacernos, será el daño que trataremos de hacerles a ellos
también”. Y ya muy cerca del crimen de Dallas repitió su amenaza
ante el embajador del Brasil y sus invitados, en La Habana; recogieron
sus palabras los periódicos americanos: The
Miami Herlad publicó la noticia en primera plana: “Bitter Attack
on Kennedys. ‘We’ll Fight Back,’ Fidel Warns U.S.” Lee Harvey
Oswald, ansioso de servir a Castro, debió leer en New Orleans la
amenaza y llevó a cabo el crimen. Es la justa retribución del acusado
de sembrar el mal: ha dicho Saddam Hussein, por el ataque de Bin Laden:
“Los Estados Unidos cosechó las espinas plantadas por sus líderes en
el mundo entero”.
Ahora los culpables y sus
amigos acusan a terroristas de los Estados Unidos del delito: Afganistán,
Irak y Castro; dijo éste: “Los Estados Unidos es el país que tiene
mayor número de grupos extremistas organizados, cientos de ellos
armados, violentos, proclives a la fuerza”. También antes quiso
echarle la culpa del asesinato de Kennedy a los enemigos suyos; casi
repitiendo las palabras de hoy dijo entonces: “Dentro de los Estados
Unidos hay corrientes muy reaccionarias. Un acontecimiento como el de
ayer sólo podía beneficiar a estos sectores ultraderechistas y
ultrarreaccionarios”.
En el argot de la
delincuencia, “madrugar” a alguien quiere decir eliminarlo. Su
peligrosidad desaparece cuando él desaparece. Ya en 1960, cuando Sartre
visitó La Habana, Castro le dijo: “No se puede evitar la eliminación
de un enemigo y de sus aliados, y hay que estar preparado para
hacerlo”; así, cuando la Crisis de Octubre, le pidió a Jruschov que
le disparara una bomba nuclear a los Estados Unidos para impedir el
ataque a la isla. No hacía en esto más que seguir un principio de
Lenin: “Todo acto, no importa cuál sea su naturaleza, será
moralmente bueno o moralmente malo de acuerdo que sirva o no sirva al
triunfo de la causa del comunismo”. El fin justifica el medio. La
muerte de miles de inocentes en el World Trade Center y en el Pentágono
no tiene importancia ante el castigo de los Estados Unidos y el servicio
que se le presta a la causa del Islam.
Se sabe que la Cuba de
Castro ha sido siempre el amparo de los terroristas de todo el mundo,
desde los Black Panthers de los años 60 hasta los actuales miembros de
la ETA. La Constitución vigente en Cuba, en su articulo 12, no sólo
“reconoce la legitimidad de la resistencia armada a la agresión”,
como es el caso, según Castro, de Libia, sino que también, con el
mismo razonamiento, “considera su deber internacionalista solidarse
con el agredido y con los pueblos que combaten por su liberación y
autodeterminación”, como es el caso de los palestinos. Y en el
siguiente artículo la Constitución justifica haber convertido al país
en el paraíso de los terroristas; en él se lee: “La República de
Cuba concede asilo a los perseguidos por sus ideales o
luchas por los derechos
democráticos contra el imperialismo, el fascismo, el colonialismo y el
neocolonialismo”, como es el caso de los guerrilleros de Centro y Sur
América.
Según varios
funcionarios del gobierno de Bush, lo que en la actualidad debe hacerse
no es limitar el castigo a los culpables directos, sino a los que de
alguna manera los ayudan y protegen. Y ahí cae Cuba. Por eso, con la
rabia y el susto reflejados en el rostro, en su discurso sobre el ataque
de los hombres de Osama Bin Laden, Castro le pidió a los gobernantes de
este país “que sean serenos, que actúen con ecuanimidad y que no se
dejen arrastrar por actos de ira o de odio”; es decir, que lo dejen
tranquilo, y que dejen tranquilos a sus amigos, a los liberalitos y los
radicalones que lo apoyan, y que pueda actuar impune el lobby castrista
que en este país le disimula sus errores y le esconde sus crímenes.
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