VÍCTOR
HUGO EN MARTÍ
VÍCTOR HUGO Y CUBA
VÍCTOR HUGO Y MARTÍ
VÍCTOR HUGO EN LOS VERSOS SENCILLOS
EPÍLOGO
Ya han terminado en Francia los actos oficiales en memoria de Víctor Hugo.1985 fue el
año del centenario de su muerte, y nuevas ediciones de sus obras, y estudios sobre su
arte, se hacían notar en las librerías de París. A su antigua casa en la plaza
"des Vosges", hoy museo, acudieron miles de peregrinos de todo el mundo: iban
allí a ver los objetos que pertenecieron al genio literario del siglo pasado: sus
cuadros, muebles y los tesoros que acumuló en su prolífica vida; y también iban los
peregrinos a sentir el influjo de aquellas paredes venerables que cobijaron al gran poeta
de Francia.
VÍCTOR HUGO Y CUBA
Aparte del aprecio por su vida y obra en el mundo de las ideas y de las letras
del influjo que ejerció en su tiempo, que aún nos llega, Víctor Hugo es una
figura de mayor relieve para los cubanos. Todo el poder de su fama estuvo al servicio de
Cuba cuando luchaba contra el dominio de los españoles. A poco de iniciarse la Guerra de
los Diez Años, las cubanas que vivían en Nueva York fundaron la "Liga de las Hijas
de Cuba", encabezada por Emilia Casanova, la incansable patriota, esposa de Cirilo
Villaverde, y le hicieron saber a Víctor Hugo detalles de la guerra contra España. Desde
entonces estuvo interesado en el destino de Cuba, y en 1870 escribió a las emigradas:
"Mujeres de Cuba, oigo vuestra queja. Hablaré de Cuba. Ninguna nación tiene derecho
a asentar su garra sobre otra. Un pueblo tiranizando a otro pueblo, una raza sorbiendo la
vida de otra raza, es la succión monstruosa del pulpo, y esta absorción espantosa es uno
de los hechos terribles del siglo XIX. Mujeres de Cuba, no lo dudéis: vuestra patria
perseverante recibirá el premio de su esfuerzo. Tanta sangre no se habrá vertido en
vano, y la magnífica Cuba se erguirá un día libre y soberana entre sus augustas
hermanas, las repúblicas de América".
Poco después, desde Camagüey, también le escribieron los cubanos en armas, y otra
vez, al defender la causa de la independencia, dijo en un escrito que difundieron los
insurrectos: "...No miro hacia dónde está la fuerza; miro hacia donde está la
justicia. Descubrir una isla no da el derecho a martirizarla. La usurpación que se impone
por la fuerza es un crimen, el cual, en cualquier parte en que lo vea, yo lo denuncio.
Cuba es mayor de edad. Cuba pertenece sólo a Cuba. ¿Vencerá? Sí. Entretanto, sangra y
sufre, y pide socorro..." Ante esta actitud, no es extraño que cuando Antonio
Zambrana llegó a Francia, en 1874, como Agente Especial de los rebeldes quisiera visitar
al influyente amigo de los cubanos. Ya Hugo había terminado sus diecinueve años de
exilio y residía en París. En la carta en la que Zambrana le pidió audiencia, decía:
Señor, yo soy el más oscuro de vuestros contemporáneos, el más humilde de vuestros
admiradores... Cuba no es ni siquiera una colonia: es un presidio español, más sombrío
que los presidios de Africa. El 10 de octubre de 1868 los cubanos, cansados de cautiverio,
apelaron a Dios y se resolvieron a comprar con lágrimas y sangre la libertad y la
justicia... Escribid, señor, las primeras líneas de la página que la Historia va a
dedicarle a Cuba, ya que las palabras trazadas por vuestra pluma son tan eternas como las
que en monumentos de bronce y de granito esculpe a veces el cincel de los siglos.
Víctor Hugo recibió con cariño al joven orador cubano, y se comprometió a seguir
hablando en favor de su patria. Y así lo hizo.
VÍCTOR HUGO Y MARTÍ
El poeta de Francia, se había convertido en el modelo del proscrito a los ojos del
mundo, del escritor rebelde, del defensor de la justicia. Al comenzar su destierro
denunció al usurpador de su patria con la fuerza de su prosa ("Napoleón, el
pequeño") y con la magia de sus versos (Los castigos). Y para ser más ídolo
de José Martí, se había consagrado como el profeta de la fraternidad entre los hombres
con La leyenda de los siglos; y como el apóstol de los oprimidos, en Los
miserables.
A los pocos meses de la visita de Zambrana, llegó Martí a París. Acababa de terminar
sus estudios en la Universidad de Zaragoza e iba camino de México, a reunirse con su
familia. Eran días de otoño. Disfrutó de museos, teatros, monumentos, jardines y
bulevares. Pero su interés mayor se centraba en Víctor Hugo, porque sabía que él era
el centro de Francia. Si sólo hubiera sido el poeta que era, Martí lo hubiera admirado,
pero también era el ferviente pensador liberal y, más que nada, el amigo de Cuba. Martí
quería saludarlo. La oportunidad se le presentó a través del poeta Auguste Vacquerie,
quien le había pedido que tradujera al español unos versos. La recompensa fue hablarle a
Hugo de Martí, y así se llevó el cubano, como preciado galardón, el encargo de
traducir Mes fils, el opúsculo de Hugo dedicado a sus hijos muertos, Charles y
François Victor.
A pocos de sus contemporáneos elogió con tanto entusiasmo Martí como a Víctor Hugo:
en una ocasión así lo describía: "Hay algo de Moisés en este anciano de abultada
frente. ¡He ahí un verdadero rey! Uno no se cansa de hablar de él. Con su palabra
sobria y poderosa, él esclarece y castiga. En él no se ven sino grandezas, grandezas de
amor". Y en otra crónica sobre Francia, sobre el homenaje a un obrero, dijo:
"Al acabarse el banquete, un anciano radioso de ojos serenos e iluminadores, de faz
homérica, salía de la conmovedora fiesta rodeado de hombres que iban como alejando con
esmero los obstáculos de su paso. Parecía una visión. Parecía una nube de plata.
Parecía un mensaje de la altura. Parecía el cortejo de un monarca".
En 1882 cumplió Víctor Hugo ochenta años, y todo su pueblo estuvo de fiesta. En los
manuales de literatura es frecuente la comparación de ese día con otro singular en la
historia de Francia, cuando Voltaire, un siglo antes, fue a París, también octogenario,
a asistir a la solemne coronación de su busto en la escena donde se estrenaba Irene,
su última tragedia. Fueron días inolvidables. Martí se hizo eco de las fiestas en honor
del poeta; en las páginas de La Opinión Nacional, de Venezuela, publicó su
elogio:
Víctor Hugo hace misión de restañar heridas. Gentes hay que sofocan todos los
movimientos de su corazón, y no les dan rienda suelta hasta no ver si cuadran a la
comunidad que les rodea. Hugo ama y tiembla, y se espanta de ver matar, y cuando ve las
manos febriles del verdugo enarbolando los maderos del cadalso, extiende hacia el juez
duro los brazos generosos. Y dirán que él es pedidor frecuente, y que prodiga sus
clamores, que ya va siendo uso que no haya crimen de otro sin protesta de él. Más no se
vive para ser aplaudido por los egoístas, sino por sí mismo.
Y enseguida describe los actos que se celebran en su honor:
¡Qué día tan hermoso el 25 de febrero, en que cumplió Víctor Hugo ochenta años!
París es como la familia del anciano. Juana y Jorge, sus nietos, tienen un padre en cada
parisiense... En los teatros, himnos de los poetas, y del pueblo, juez y poeta. En la
casa, allá, en la que se llama hoy Avenida Víctor Hugo, muchedumbre de amigos que van a
nutrirse de juventud en el espíritu de aquel anciano. ¡Qué vítores cuando el arrogante
actor Mounet-Sully, de mirada fogosa y voz ardiente, recitó ante el busto de Hugo unos
versos amables de François Coppée, en que celebra a la naturaleza próvida que ha dado a
su poeta bondadoso, brillador y osado, la noble edad del roble que resiste, del águila
que vuela y del sol que alumbra!... ¡Espectáculo extraño, que acusa la mejora del
espíritu, el de esos hombres enamorados de su apóstol! Flagelar a los apóstoles ha sido
uso: no amarlos.
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Víctor Hugo en
1879, en el óleo de Leon Bonnat. |
VÍCTOR HUGO EN LOS VERSOS SENCILLOS
Martí seguía de cerca la producción de Victor Hugo, y cuando el poeta dio a conocer
su hermoso libro de 1877, ahora en honor de sus nietos, escribió sobre él: "Meses
hace vio la luz, pero aún apasiona en Europa, como nuevo, un libro del hombre poético de
nuestra época. Tiene el sublime anciano y debe escribirse pocas veces esta palabra
sublime dos lindos nietos... los ve vivir, y tiene miedo de que la vida se los mate;
les debe el gran reposo de la vejez y ha escrito un libro, el modo de ser viejo, El
arte de ser abuelo..."; y otra vez se le escapa la admiración, y agrega:
"Víctor Hugo penetra los dioses indios, y hablando con ellos, parece uno de ellos.
El siglo esta plegado a él como las alas a una mariposa". Y para que conste que no
es ciego el aplauso, advierte sobre la extensísima obra del francés. "Se extravía
a veces el grande hombre, y exagera sus abstracciones poéticas, pero doquiera que los
grandes ríos vayan, son grandes ríos. Si leyendo Mis hijos otra de sus
producciones, da vergüenza no ser padre, leyendo L'art d'être grand-père,
da vergüenza no ser abuelo".
No hay prueba documental de que Martí, cuando escribía los Versos Sencillos,
estuviera leyendo a Víctor Hugo. Pero al revisar, en su original francés, Les
chansons des rues et des bois, hace pensar que este poemario, hoy bastante olvidado,
influyó en el libro de Martí. Es curiosa la coincidencia en la motivación de los dos
poetas, y la oportunidad en que nacen sus obras. Ambas son producto de un momento de
merecido descanso: Martí acababa de pasar su "invierno de angustia" por la
Conferencia Internacional Americana celebrada en Washington: le dice a un amigo cuando
sale para los Catskills, donde escribirá la mayor parte de estos Versos:
"Entre los calores y el trabajo, y los cuidados de espíritu, dieron en cama conmigo,
y me voy con la cabeza seca a la montaña. Me voy a un rincón de hojas y de soledad por
unos cuantos días". Cuando regresa, para destacar lo necesaria que le es la
naturaleza, le escribe a otro corresponsal: "Tengo ganas de meterme en lo hondo del
monte, hasta que salga con las barbas verdes". Les chansons de Hugo también
tuvieron su origen después de apremiantes trabajos que quebrantaron la salud del
francés, y se hicieron en los parajes solitarios de Serk, el peñón cercano a la isla de
Jersey, en el Canal de la Mancha. La primera composición de ese libro, "Le
cheval", refleja asimismo la necesidad del contacto con la naturaleza, cuando Hugo
dice en una metáfora que fuerza su fantasía, su imaginación, hasta que ésta se vuelve
"verde".
Ambas colecciones evidencian la voluntad de los autores de repasar sus vidas en esos
momentos de soledad y de descanso: los Versos Sencillos son como una autobiografía
poética; y Víctor Hugo escribió en el prólogo de Les Chansons: "Por muy
preocupado que esté uno por el futuro, hay un momento en la vida en que se convierte en
una fuerza irresistible la tentación de volver los ojos al pasado. Nuestra juventud, esa
muerta encantadora, se nos aparece, y quiere que uno piense en ella. Entonces es una
severa y melancólica lección cuando se enfrentan las dos edades en el mismo hombre, la
edad que empieza y la que acaba; una confía en la vida, la otra en la muerte".
Los dos, Víctor Hugo y Martí, para moverse con libertad en la búsqueda, en el
inventario confesional, escogen la versificación más simple: Hugo abandona sus graves
versos sonoros, y Martí sus "endecasílabos hirsutos". Dijo Théophile Gautier
cuando se publicaron los de su compatriota: "Las Canciones de Hugo marcan
en la carrera del poeta una especie de reposo. Corre el tiempo hacia atrás y se vuelve
joven... Renuncia al alejandrino y a sus pompas y no emplea más que versos de siete u
ocho sílabas reunidos en pequeñas estrofas... Jamás el teclado de la poesía ha sido
tocado por una mano más ligera y poderosa". Era una de las formas francesas de la
sencillez. Y la crítica sobre Martí siempre ha destacado esa peculiaridad de los Versos
Sencillos: Gabriela Mistral habló de ellos como de un "abajamiento" del
poeta, y añadía: "La majestad del discurso martiano ha desaparecido, porque el
águila acepta correr los pastos con pies de paloma: la anchura de la frase se ha
adelgazado igual que el tronco del pino en el goterón de resina".
No es posible aquí el cotejo de textos para destacar las coincidencias en el tono, las
figuras, los temas, el ritmo y las imágenes de los dos libros, muy extenso el de Hugo, y
breve el de Martí. Y, además, puede resultar un ejercicio inútil, pues estos
comentarios van dirigirlos a lectores más familiarizados con la obra del cubano que con
la del francés, por eso sólo se reproducen a continuación algunas estrofas de Les
Chansons.
Los versos cortos que forman redondillas y cuartetas en Martí, se anuncian con similar
ligereza en Hugo, en "L'oubli":
Autrefois inséparables,
Et maintenant séparés.
Gaie, elle court dans les prés,
La belle aux chants adorables:
La belle aux chants adorés
Elle court dans la prairie;
Les bois pleins de rêverie
Des ses yeux sont éclairés.
Y en esta combinación cuyos versos también recuerdan la sintaxis de los Versos
Sencillos, se anuncia el "sobrenaturalismo", de que habló Gabriela Mistral;
Hugo la tituló "Les étoiles filantes":
A quoi bon songer aux choses
Qui se passent dans les cieux?
Viens, donnons notre âme aux roses;
C'est ce que l'emplit le mieux. [...]
La campagne est caressante
Au frais amour ébloui;
L'arbre est gai pourvu qu'il sente
Que Jeanne va dire oui.
Hugo, como Martí, prefiere lo simple del vivir en contacto con la naturaleza, por la
autenticidad, y hace esta confesión, otra vez en versos magistrales:
...Je suis hors des esclavages;
Je dis à la honte; assez!
J'aime mieux les fleurs sauvages
Que les gens apprivoisés
Solitaire, j'ai mes joies.
J'assiste, témoin vivant,
Dans les ombres claires-voies,
Aux aventures du vent. [...]
Toute ce beau monde me raille.
Eteint, orgueilleux et noir;
J'en ris, et je m'encanaille
Avec les astres le soir.
¿Y cómo se puede evitar el recuerdo de "La bailarina española" al leer
esta descripción de una mujer que se le aparece interrumpiéndole la lectura de Platón?
Dice Víctor Hugo:
La belle, en jupon gris clair,
Montait l'escalier sonore;
Ses frais yeux bleus avaient l'air
De revenir de l'aurore.
Elle chantait un couplet
D'une chanson de la rue
Qui dans sa bouche semblait
Une lumière apparue.
Son front éclipsa Platon.
O front céleste et frivole!
Un ruban sous son menton
Rattachait son auréole.
Elle avait l'accent qui plaît,
Un foulard pour cachemire,
Dans sa main son pot au lait
Des flammes dans son sourire
Et je liu dit (Le Phédon
Donne tant de hardiesse!)
Mademoiselle, pardon,
Ne seriez-vous pas déesse?
¡Cuántas estrofas más de Les Chansons des rues et des bois quisieran entrar
en estos comentarios para probar su ascendencia sobre los Versos Sencillos! Burlan
la vigilancia por la limitación de espacio estas tres; van sin glosa; el ritmo, el asunto
y el vocabulario ya dicen mucho:
Les enfants lisent, troupe blonde;
Ils épellent, je les entends;
Et le maître d'école gronde
Dans la lumière du printemps...
L'homme est vain. Porquoi, poète,
Ne pas le voir tel qu'il est
Dans le sépulcre squelette,
Et sur la terre valet?...
J'ai pour joie et pour merveille
De voir, dans ton pré d'Honfleur,
Trembler au poid d'une abeille
Un brin de lavande en fleur.
EPÍLOGO
En vida de Martí, el más preciado elogio del escritor, fue el que le hizo Domingo
Faustino Sarmiento. Desde la cumbre de su fama, el ilustre argentino recomendaba a Paul
Groussac que tradujera a Martí al francés con estas razones: "En español nada hay
que se parezca a la salida de bramidos de José Martí, y después de Víctor Hugo nada
presenta la Francia de esta resonancia de metal". No hubiera querido Martí mejor
regalo que esa comparación, pues Víctor Hugo era entonces el héroe adorado de los
hombres de letras. Además, como cubano, Martí sentía gratitud hacia él por su interés
en la independencia; como literato apreciaba la obra de aquel coloso que se puso a la
cabeza del romanticismo; y aplaudió al hombre, quizás en esto sin conocerlo bien, por
sus actividades políticas.
Si se revisan los años en que se escribieron Les Chansons, también se
descubren las obras que debieron influir en este libro de Hugo: la poesía de Banville,
Gautier y Heine, y hasta Le romancero, traducido en 1854 por Saint-René
Taillandier. El propio Martí dijo que "nadie se libra de su época", y no es
extraño que el espíritu que inspira Les Chansons, diluido en tantos caudales del
romanticismo (aparte de las influencias españolas directas), haya llegado hasta los Versos
Sencillos: ése sería el mejor homenaje de Martí a Víctor Hugo.
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